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Imágenes, anécdotas y un poco de historia para elegir un pueblo donde ir

miércoles, 28 de abril de 2010

Azul

Azul se encuentra a unos 300 kilómetros al suroeste de la Ciudad de Buenos Aires.

Ubicación geográfica



Azul es un hermoso pueblo mediterráneo de la provincia de Buenos Aires. Asienta sobre el macizo cristalino de Tandilia, tan antiguo como los de Ventania y Brasilia, cuyos orígenes se remontan al período precámbrico. Posee hermosos y fértiles campos. Cuando nos acercamos al monasterio de los monjes Trapenses, que está a unos 20 kilómetros de la ciudad de Azul, disfrutamos del maravilloso espectáculo que nos ofrecen las suaves ondulaciones del terreno, inolvidables e increíblemente bellas. Esas actuales ondulaciones son viejísimas montañas sobre las que las lluvias, los vientos, los hielos, el calor y muchos otros hechos de la realidad actuaron, provocando una gran erosión, que terminó convirtiéndolas en mansas praderas.

Si desde Azul, nos dirigimos hacia el este, llegamos a las estribaciones orientales del macizo de Tandilia, que le dan las características tan pintorescas y únicas a la bella ciudad de Mar del Plata.

Los campos de Azul desde la ruta nacional número 3.







El Parque de Azul

Huelga decir que el Parque de Azul es hermoso, porque constituye una obviedad, cuando vemos las fotos de esa hermosa mezcla de hierbas, cubiertas por las hojas caducas del otoño y los árboles añosos que, a modo de fuertes columnas, parecen cumplir el objetivo de ser escoltas vivos y silenciosos de tanta majestuosidad y belleza. Recuerdo que Don Ernesto Sabato, en uno de sus libros de ensayos, dice que la belleza del paisaje reside en quien lo observa, en el sujeto y no en el objeto. Me pregunto si habrá muchos que disientan conmigo cuando afirmo que el paisaje del Parque de Azul es bello. No contradigo al Maestro, muy por el contrario, digo que tengo la esperanza de que aún el ser humano más ruin conserve, en un rincón de su alma, un fragmento sano de estructura, para apreciar la belleza que, sin cobrarnos ni un centavo, nos ofrece a diario este mundo en el que vivimos.






































miércoles, 21 de abril de 2010

San Antonio de Areco

Ubicación geográfica


Los Pagos de Areco, nombre fundacional del actual San Antonio de Areco, se encuentran al noroeste de la ciudad de Buenos Aires, a unos 113 kilómetros.




Además de que el partido de San Antonio de Areco tiene una de las tierras más aptas para cultivos y cría de animales de la provincia de Buenos Aires, Don Ricardo Güiraldes, un destacado escritor argentino, inmortalizó esos pagos al escribir su obra más premiada: Don Segundo Sombra, publicada en 1926. La foto de la tapa del libro que se ve abajo, pertenece a una reimpresión del año 1952, minuciosamente corregida. Publicado por una editorial que ha cerrado sus puertas hace ya muchos años, es una auténtica reliquia. Fue preparada coincidiendo con el 25º aniversario de la muerte de su autor y posee características y excelencias que la diferencian de todas las anteriores. En efecto, todas sus páginas han sido revisadas y cotejadas con los originales manuscritos, reestableciéndose así el texto auténtico aún en los más pequeños detalles.

Quizá a alguien le interese leer la dedicatoria del libro, que transcribo a continuación:

"A Vd. Don Segundo.
A la memoria de los finados: Don Rufino Galván, Don Nicasio Cano y Don José Hernández.
A mis amigos domadores y reseros: Don Víctor Taboada, Ramón Cisneros, Pedro Brandán, Ciriaco Díaz, Dolores Juárez, Pedro Falcón, Gregorio López, Estéban Pereyra, Pablo Ojeda, Victorino Nogueira y Mariano Ortega.
A los paisanos de mis pagos.
A los que no conozco y están en el alma de este libro.
Al gaucho que llevo en mí, sacramente, como la custodia lleva la hostia"




"Aquel día, como de costumbre, había yo venido a esconderme bajo la sombra fresca de la piedra, a fin de pescar algunos bagrecitos, que luego cambiaría al pulpero de La Blanqueada por golosinas, cigarrillos o unos centavos" Textual de la página número uno de Don Segundo Sombra. En la foto se ve la fachada de la pulpería, conservada con gran dedicación.




Interior de la pulpería La Blanqueada.
Reconstrucción de época, con figuras humanas de cera. Los lazos, las boleadoras, los porrones de ginebra, los faroles y el mostrador, detrás del cual atendía el pulpero, protegido por una reja, son originales del siglo XIX.




La Ermita, en vida de Don Ricardo Güiraldes, cumplía las funciones religiosas esperables. Actualmente la utilizan para albergar en su interior los contenidos del Museo Ricardo Güiraldes que son, realmente, muy completos e interesantes.




Cañón original, de la época en que Don Ricardo Güiraldes tenía su estancia en el lugar. Lo utilizaban para protegerse de los malones de aborígenes. Hay varios en el parque que está alrededor del Museo.




Parque que rodea el Museo, con una estructura edilicia de la vieja estancia, al fondo.




El Puente de los Martínez, construido en 1857, hoy llamado Puente Viejo, sortea el río Areco y quizá sea el primer lugar de la Argentina en el que se cobró peaje para su utilización. En la fotografía, se lo ve en el fondo, detrás de un corredor de hermosos sauces llorones.




Río Areco desde una de sus costas. A lo lejos, se visualiza el Puente Viejo.





El río Areco es de llanura, por eso aparenta una gran mansedumbre. Hace unos dos meses, debido a factores climáticos probablemente inabarcables en su totalidad, llovió tanto en la zona, que desbordó el río Areco y se inundaron el pueblo, el museo y los campos. Muchos ríos cercanos se salieron de madre como consecuencia de las incesantes lluvias e inundaron campos, pueblos y partidos vecinos. Esta foto está tomada desde el Puente Viejo.





Aquí podemos apreciar: el Puente Viejo, el río Areco y al fondo el dique. Este dique fue totalmente desbordado durante el período de precipitaciones intensas que mencioné anteriormente.

lunes, 12 de abril de 2010

Rojas, provincia de Buenos Aires.

Ubicación geográfica



Rojas, es uno de mis pueblos queridos. Queda a unos 250 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, al oeste-noroeste de la Capital Federal, tiene cerca de 25.000 habitantes y características de pueblo con deseos de ciudad. La infraestructura para ser ciudad la tiene, lo que no logran comprender los habitantes es que comportándose y sintiéndose ciudadanos, pierden más de lo que ganan. En Rojas, nació Don Ernesto Sabato, el 24 de junio de 1911, escritor, ensayista y pintor, cuya casa natal vimos desde afuera, guiados por una simpática parroquiana que, en plena siesta dominguera, sacrificó su descanso y tuvo la amabilidad de acompañarnos a recorrer los lugares más preciados de la ciudad. Desinteresada y locuaz, nos enseñó tanto como una guía, de esas que faltan en nuestros pueblos queridos.

Sabato es físico, egresado de la Facultad de Física y Matemáticas, de la Universidad Nacional de La Plata. Creo haber leído toda su obra publicada. La recomiendo enfáticamente. Es muy nutritiva para los ávidos lectores. Su pensamiento humanista y existencialista agnóstico es digno de ser leído con fervor. Trabajó en investigación, en física, en los Laboratorios Curie, de Francia. Es amigo personal de Don José Saramago, Premio Nobel de Literatura de nacionalidad portuguesa. Cuando se vieron por última vez, en Lanzarote, donde pasa parte de su vida Saramago, Sabato, al despedirse pensó que quizá no se iban a volver a ver nunca más, "porque al llegar a una edad avanzada de la vida, cada paso es una despedida". ¡Impresionante!.

Video en el que se ven: la casa donde nació Don Ernesto Sabato, el Colegio Nº1 Domingo Faustino Sarmiento, donde cursó sus estudios primarios, una antigua puerta perteneciente al colegio y donde actualmente funciona el Consejo Escolar de Rojas. Como regalo para los oídos y el espíritu, se oye la voz de Sabato, en off, relatando un fragmento de su libro Sobre héroes y tumbas.

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Plaza principal de Rojas.



En esta esquina, donde ahora hay una heladería, había un salón de bailes y fiestas. Aquí cantó nuestro zorzal criollo, una de las voces inigualables del tango argentino, que se llamó Carlos Gardel.



Iglesia de Rojas, que está frente a la plaza principal.



Actualmente Banco de la Provincia de Buenos Aires, este lugar solió ser la casa donde vivió uno de los integrantes de la familia Mitre.



Uno de los miembros de la familia Unzué, de 12 años de edad, falleció. Su familia, fundó el Asilo San José, hoy colegio secundario, donde durante muchos años funcionó una especie de lazareto.



Esta calle, hoy llamada Pueblos Originarios, se llamaba general Julio Argentino Roca. Dada su lucha contra los aborígenes, con todas las injusticias que una guerra desigual conlleva, el pueblo intentó reivindicar a sus pobladores originarios, cambiándole el nombre a esta arteria.



Intendencia Municipal



Argollas de hierro en las que se ataban las riendas de los caballos.

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Molinos Cabodi, funcionando desde 1853.

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Citroën 3 CV, de la década del '60. Hacía muchos años que no veía uno en tan buen estado, quizá con más de 1.000.000 de kilómetros andados.

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Local bailable, en pleno centro de la ciudad. Destaco el cuidado que han tenido, al refaccionarlo, de mantener la fachada de la casa en su estado original.

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Aún sin clasificar

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sábado, 10 de abril de 2010

De Buenos Aires, Capital Federal, a Entre Ríos.

Desde Buenos Aires, nuestra Capital Federal, hasta el pueblo de Ceibas, en la provincia de Entre Ríos, hay una distancia de aproximadamente 250 kilómetros.

La provincia de Entre Ríos pertenece, junto con las de Corrientes y Misiones, a nuestra mesopotamia. Las tres están rodeadas por ríos. A grandes rasgos, al este de ellas, está el río Uruguay, y al oeste el río Paraná, que nace en el Brasil. Ambos son de aguas que arrastran mucho limo pero que, cerca de su desembocadura, son mansas y navegables. Las desembocaduras de los ríos Paraná y Uruguay forman el Río de la Plata, que es el más ancho del mundo.

Entre Ríos está muy favorecida por la cantidad de agua que la rodea y por el clima que, hasta ahora, está teniendo, para que las explotaciones agrícolas, ganaderas y, poco menos, la industria pesquera, sean las principales fuentes de ingresos de la provincia, debido a las exportaciones y el consumo interno.

Por la ruta que transitamos para llegar hasta Ceibas, suelen pasar gran cantidad de camiones de carga, que llevan nuestros productos agrícolas a Brasil. Son principalmente frutas del valle del Río Negro.


Una historia de adolescentes

Hace cuarenta años, emprendimos una excursión de pesca con un amigo, al Brazo Largo del Río Paraná. Íbamos en un Renault Dauphine, como el que se ve en la foto que está abajo de este párrafo, que tenía unos cuantos años y estaba bastante necesitado de la ayuda de un mecánico. Era color crema, no rojo como el de la fotografía y, por supuesto, no estaba cuidado ni mantenido como el Dauphine que encontré, transitando por la calle, por casualidad, hoy cuando salía de mi departamento.




Era entrada la noche y estaba lloviendo torrencialmente, la visibilidad era escasa. Los limpiaparabrisas no eran nuevos y no cumplían su función adecuadamente. La luces del auto no eran halógenas, precisamente, y se veía muy poco. Mi amigo dice que el motivo que él tenía para hacer el viaje era ir. Yo quería ir a pescar para comer pescado fresquito, recién sacado del río.

El primer contratiempo lo tuvimos cuando, insesperadamente, encontramos que la ruta, o lo que pensábamos que era la ruta, se había iluminado a giorno. No era la ruta, era la acerera Dálmine-Siderca, una fábrica inmensa en la que los obreros que salían de ese turno, nos miraban como a bichos raros. Con gran amabilidad, uno de ellos, al preguntarles cómo llegar a Entre Ríos, nos sugirió que primero saliéramos de la fábrica y luego retomáramos la ruta 9. Fue un piccolo svaglio.

El segundo contratiempo, del que nadie aún sabe nada, lo tuvimos cuando, teniendo que sacar de la gaveta un mapa para saber por dónde andábamos, nos dimos cuenta de que teníamos sólo un juego de llaves y que, dado que llovía torrencialmente y transitábamos por camino de tierra, no nos convenía detener la marcha. A uno de los dos se nos ocurrió la brillante idea de sacar la llave de arranque del motor, estando el auto en marcha, abrir la gaveta, sacar el mapa, colocar la llave de nuevo y continuar. No contábamos con que el volante del auto, ante un giro lateral, quedaría indefectiblemente bloqueado y, si hubiésemos necesitado hacerlo, por una curva, un auto detenido o cualquier otro motivo, no estaría escribiendo esto ahora.

El tercer sustito lo tuvimos cuando, sabiendo que teníamos que embarcar en una balsa, porque en aquellos tiempos el río se sorteaba en balsa, arreciando la lluvia con más fuerza que nunca, vimos un charco delante de nosotros, que se iba profundizando. No era un charco. Era el Brazo Largo del Paraná, donde mansamente, nos estábamos metiendo, para no flotar, claro, porque el noble Renault no flotaba. Veíamos la balsa, pero no nos dimos cuenta de que estaba levantando la plancha, por fortuna, no tanto como para que no fuéramos el último vehículo en embarcar, después de un viejísimo colectivo.

Tuvimos algunos otros inconvenientes, claro.

Llevábamos una sartén de la época de la inundación, con unos cuantos agujeros en la base. Aún no me explico ¿para qué llevábamos aceite? Pero algo nos decía que debíamos ser previsores. No llevábamos fósforos, ni encendedor porque no fumábamos, había llovido, no teníamos carbón, la leña del lugar estaba empapada, así que si no iniciábamos la moda de comer sushi... Tampoco llevábamos carnada para pescar. Cañas y líneas sí, por supuesto.

Nos sentimos salvados, cuando al llegar al Brazo Largo a la madrugada, vimos un almacén de ramos generales. Son depósitos de mercaderías diversas que le pueden vender a uno desde un repuesto para el auto hasta una latita de azafrán español. Pero el que nosotros encontramos no era tan completo. Había algunos parroquianos que estaban apurando los últimos tragos de ginebra que, cuando preguntamos si vendían carnada, no sabían si los borrachos eran ellos o nosotros. El dueño nos dijo que lo único que nos podía ofrecer eran dos sandwiches de jamón y queso. Nos parecía que esa carnada no nos iba a servir, pero al menos iba a morigerar el hambre que ya a esas horas sentíamos nosotros. Algo le íbamos a dejar a los peces...

Suponiendo que, en Brazo Largo, íbamos a poder comprar agua mineral, o soda al menos, nos topamos con que, en el almacén de ramos generales, no había ni gaseosas para vender.

Estos recuerdos que transmito encontrarán eco en algunos y en otros producirán repulsión, pero yo les puedo asegurar que escribirlos me hace muy bien. Me recuerda esa época de la vida en que uno se siente omnipotente, omnisciente y omnipresente, y no es nada de todo eso, sin embargo no se da cuenta y la vida continúa sin que sepamos muy bien por qué. En realidad, mucho no ayudamos a la Divinidad o a la naturaleza, para salir sanos de esas situaciones, pero las sorteamos. Será verdad lo del Ángel de la Guarda, como decía mi hijo cuando era muy pequeño...

Después de la lluvia, la calma chicha. Había mosquitos como para dejar anémicos a dos o tres millones de personas, pero éramos dos nomás. Salió el sol y no había nube alguna a la vista, comenzó a hacer calor, se acercaba el mediodía y los sándwiches no nos habían servido como carnada, de modo que no contábamos ni con una triste mojarrita medio trasnochada para poner en los anzuelos. La sed iba en aumento, no había nada para tomar. En el baúl del Renault encontramos, entre el crique y la goma de auxilio, una salvadora cajita de vino de la que no recuerdo ni siquiera la marca. Hambre, más sed por la deshidratación, provocada por el alcohol, sueño, cansancio y desaliento. Igual, nada podía contra nuestro optimismo.

Alrededor de las 12:30 del mediodía, vino un baquiano, conocedor del arte de la pesca en el lugar. Traía una cañita, una red y estuvo quince minutos, sacó dos hermosos pescados y se fue a su casa para comerlos con su esposa. Para sentirnos más humillados, recibimos la carnada que nos regaló y que había obtenido en la orillita, con suma facilidad. Eran pescaditos que a los que nosotros pretendíamos atrapar, les encantaban. Como nosotros habíamos estado tirando la línea directamente al canal por donde pasan los barcos de gran calado, habíamos roto todas las que habíamos llevado, menos una.

Extenuados y un poco mareados por el vino, nos quedamos dormidos en el modestísimo muelle para pescar que había en el lugar y que van a poder ver en las fotografías. Consecuencia: quemadura solar de segundo grado y picaduras de mosquitos por doquier.

No sé si transmito con claridad que no me estoy quejando por lo que vivimos. Volvería a vivir la situación tal como se dio. Se darán cuenta de que fue una experiencia inolvidable, de la que aún hoy nos reímos con mi amigo, cada vez que la recordamos.

Realmente, volvimos felices. Puede resultar inexplicable que dos personas se sientan felices después de tantas desventuras, pero ¿quién nos quita lo bailado?


Plantas acuáticas en la orilla del Brazo Largo del río Paraná, después de haber pasado el puente Zárate-Brazo Largo.





Plantas acuáticas y algas, en el Brazo Largo del Paraná.





Aquí se puede observar el muelle donde hace cuarenta años intentamos vivir de la pesca. Hoy, hay en el lugar un camping bastante modesto pero agradable por el paisaje. Árboles, vegetación, río, cielo diáfano, sol en exceso. No se puede ser tan desagradecido como para menospreciar el lugar por la falta de lujo que hay.





Sauces llorones y río. Bellezas que, gratuitamente, podemos disfrutar tantas veces como queramos. No conozco el nombre científico del sauce llorón, pero obviamente se los denomina llorones porque sus hojas están decaídas, como si estuvieran tristes y lamentándose.





Otra fotografía en la que se ve el río y los sauces llorones. Estos paisajes son un auténtico regalo para los ojos.





Sauces llorones a orillas del río.





Curioso crecimiento de un sauce, cuyo tronco se insertó horizontalmente, en la barranca del río. La fuerza de la vida, a veces nos asombra. Este árbol superó las dificultades para crecer y se transformó en un hermoso árbol probablemente centenario.




Agua, vegetación, belleza natural. ¿Qué más podemos pedir?




Brazo Largo, sauces llorones, plantas acuáticas y asombro.





Brazo Largo y muelle desde donde pretendimos pescar tanto como para llenar el baúl del Renault.




Sauces, vegetación casi selvática, agua. Las palabras se repiten, las imágenes se parecen.




Así de desoladas son las rutas de Ceibas, cuando no hay tránsito de camiones. Esto ocurre los sábados y los domingos, y está destinado a disminuir la cantidad de muertes en las rutas por exceso de vehículos.






Vegetación abundante y ciénaga.




Ciénaga en Ceibas, Entre Ríos




Vaca preñada comiendo, muy tranquila, a la vera del camino.





Hermoso ejemplar de vaca, muy entretenida, alimentándose.