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Imágenes, anécdotas y un poco de historia para elegir un pueblo donde ir
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martes, 17 de agosto de 2010

Carlos Keen

Carlos Keen es un pueblo que está dentro del partido de Luján, a unos 90 kilómetros de la Capital Federal, al que se puede llegar fácil y rápidamente, partiendo desde la ciudad de Buenos Aries, yendo por Av. General Paz, Acceso Oeste, Ruta 7, Salida a Carlos Keen. Se transitan 10 kilómetros y finaliza el camino de ida.





A diferencia de otros pueblos que hemos visitado, Carlos Keen no tiene una plaza principal, alrededor de la cual están la iglesia, la escuela, los comercios y las viviendas fundacionales, sino que el eje en torno del que se formó el pueblo fue la estación del ferrocarril, que se llama Carlos Keen.



Estación Carlos Keen del ramal ferroviario, hoy inexistente, que unía Luján con Pergamino.



Esta es la imagen actual de las vías férreas del antiguo ramal.



En este plano del pueblo se puede observar la importancia que siempre tuvo, para él, la estación del ferrocarril.

Justamente, Carlos Keen surgió como consecuencia de que por esos campos pasaba el ferrocarril que unía las ciudades de Luján y Pergamino. Las obras del ramal ferroviario Luján-Pergamino comenzaron en 1875.

Fue un pueblo cuyo número de habitantes llegó a los 4.000 y que, luego, como tantos otros pueblos argentinos, sufrió la diáspora de la mayoría de los habitantes. Por eso, quedan sólo unos 400, que luchan con todas sus fuerzas y su ingenio para reactivar su querida comarca. Decía de los alumnos, Don Ezequiel Martínez Estrada, que los buenos alumnos son buenos alumnos a pesar de tener malas universidades, malos profesores y malos textos. Se puede aplicar el dicho a quienes aún viven en Carlos Keen porque esos habitantes, lo siguen siendo a pesar de haber tenido malos gobernantes, que tomaron malas decisiones y que destruyeron las vías de comunicación ferroviarias y, consecuentemente, las vidas de muchos pueblos.



Antigua casa, en Carlos Keen, probablemente habitada en la actualidad.



Detrás de las vías, otra casa habitada de Carlos Keen.



Una de las tantas casas abandonadas que quedaron en el pueblo como testimonio de que hubo habitantes que se tuvieron que ir, muy a pesar de ellos mismos.



Otra casa abandonada, creo que reciclable.



Precario puente entre la calle asfaltada y la casi inexistente vereda, destinado a sortear la profunda zanja que corre transversalmente.



Interior de una casa que tuvo que ser dejada tal como estaba, en la que se puede ver que aún queda el empapelado de la pared.



A través de la puerta, se ve lo que alguna vez fue la galería de la casa.

Los habitantes de Carlos Keen persisten en su deseo de no ser desalojados. Otros, tuvieron que marcharse, a pesar de dejar con ello toda su historia y llevarse consigo toda la nostalgia, la decepción, la tristeza y la desilusión, que contiene la mochila de todo el que emigra, aunque sea al pueblo vecino. Al privarlos de un medio de comunicación económico, ecológico, seguro y rápido, como el tren, a los habitantes de Carlos Keen les dejaron pocas opciones para reactivar la economía del lugar. Pero el ingenio de quienes desean permanecer en sus tierras a pesar de todo, los llevó a ofrecer un excelente servicio gastronómico que, a precios sumamente razonables, le permite a cualquiera que vaya, comer y beber gastando muy poco dinero, mucho menos de lo que gastaría en su propia casa, si quisiera comer lo mismo.



La Casona de Carlos Keen, restaurante que utiliza las instalaciones de una casa de 1881.



Otra perspectiva de La Casona de Carlos Keen.



En Carlos Keen se ofrecen paseos en sulky, como el que se ve en la fotografía. Detrás del carruaje liviano, para un sólo caballo, hay uno de los tantos restaurantes del lugar.



Carlos Keen, Sociedad de Fomento.

Hay muchos restaurantes y todos son buenos o muy buenos. Nostros fuimos a Lo de Tito, que está un poco más lejos de la estación, pero donde nos atendieron con la usual cortesía de nuestros habitantes del interior.

Mientras almorzábamos veíamos afuera del restaurante y a pocos metros de donde estábamos: hermosos ejemplares de aves, de ovinos y caballares. Hacía muchos años que no veía gallinas tan grandes y sanas, ovejas y corderos tan bien cuidados, caballos criollos de tan buen porte y elegancia. Era un gusto ver tantos animales tan bien cuidados.

Don Tito, un hombre atento y comprensivo, enseguida nos consiguió una mesa pese a que el restaurante estaba lleno de comensales. Y no es un lugar pequeño, es grande, tiene muchas mesas, para muchos cubiertos. El menú consistía en una entrada que incluía queso, fiambres y empanadas, un segundo plato, del que se podía pedir libremente repetición de todos o de algunos cortes, basado en carnes vacunas y de cerdo a la parrilla, que se podían acompañar con ensalada y papas fritas, y por último, el postre. Postres caseros, variados y sabrosos, en los que no faltaba la crema de leche fresca.

La generosa oferta gastronómica es sólo una parte de lo que nos ofrece el heroico pueblo de Carlos Keen. Hay un museo, al aire libre, de herramientas de labranza. Es magnífico visitarlo porque más que ir a verlo, uno lo descubre y comienza a visitarlo, sin darse cuenta. Uno de nosotros, vio una herramienta inmensa, que parecía una grúa y dio el alerta. Nos acercamos y vimos otra y otra y otra herramienta, fue entonces cuando alguien dijo: "Che, ¿no será un museo esto?" Y sí, lo era. Estábamos en un museo, sin habernos percatado de ello. Libremente dimos con él y disfrutamos enormemente visitándolo. No había gente amontonada, no había apretujones. Había silencio, pero el silencio propio del campo, no el silencio impuesto por un guardián que hace que la gente cuchichee. No estoy en contra de los guardianes ni del cuchicheo, pero me gusta más la libertad. Éramos libres hasta para pensar qué era cada cosa y decir lo que a cada uno le sugería la forma. Parecía un test de Rorschach. Sí, el test de las manchas, en las que cada uno ve lo que le sugiere la misma. En vez de ser de dos dimensiones, era un Rorschach tridimensional, al aire libre y sin evaluación. Me pareció magnífico. Igualmente, siempre hay alguno que sabe más sobre herramientas de labranza y marca con más precisión qué es lo que se está viendo, pero lo hacía después de que todos habían proyectado lo que se les antojaba, sobre el objeto en cuestión. ¡Linda experiencia! Inolvidable.



Cartel que anuncia el museo de herramientas agrícolas.



















































Las anteriores son fotografías de las viejas herramientas de labranza que están en el museo.

El antiguo galpón de la estación de trenes es ahora un cine, teatro, galería de exposición de artes plásticas, específicamente pinturas y, cuando lo desean, sacan las sillas y el cine se convierte casi mágicamente en un gran salón de baile. Son dos plantas, cuidadas y limpias, en las que el cine y teatro están en la planta baja y el salón de exposiciónes pictóricas, está en el primer piso.


Planta alta del galpón de la estación, donde actualmente hay una exposición pictórica.


Detrás de mí, está el telón del cine y el escenario de lo que se transforma en teatro o en sostenimiento de un grupo musical para un baile. Enfrente, se ve parte de la planta baja, donde también hay cuadros en exposición. En la planta superior, versátil, porque se puede transformar en el pull-man del cine-teatro, actualmente hay una exposición de cuadros.

Telón del cine y escenario del teatro. Sin las sillas, es el lugar donde se baila.

En torno del edificio de la antigua y ya obsoleta estación de trenes, hay una importante feria de artesanías. Se los ve a algunos artesanos fabricando en el lugar lo que luego exponen para vender. Se encuentran cosas realmente interesantes y a precios muy accesibles. Un viejo carpintero, jubilado ya, dedica ahora su tiempo y sus maquinarias para fabricar utensilios de escritorio, de cocina, de uso doméstico en general. Me resultó grato adquirir un portalápices hecho con madera de lapacho, resto de un carro que tenía más de cien años. Lo tengo junto a mí, en el escritorio y no me canso de mirarlo y de pensar lo contento que estoy por haberlo adquirido. Me costó $15, unos 3 dólares estadounidenses. Su belleza y utilidad tienen un valor que supera ampliamente su precio. Otro del grupo, compró un hermoso perchero por una suma de dinero muy parecida. Son joyas que ofrece Carlos Keen. Hubo uno del grupo que se quedó con las ganas de comprarse un anillo de bronce, de buena factura y buen gusto, porque no encontró alguno que le quedara como "anillo al dedo".

El resto del pueblo que queda en Carlos Keen continúa resistiendo el desalojo, mediante la elaboración de dulces y embutidos. Dulce de leche y dulces de frutas, salames, salamines, que venden en tiendas destinadas exclusivamente para ello y que los días feriados se llenan de visitantes. Esos mismos productos también pueden adquirirse en la feria de artesanías que rodea a la estación.

Hay casas de fines del siglo XIX o de principios del siglo XX, hermosas, con ambientes grandes, hechas con ladrillos cocidos, lamentablemente abandonadas. Son casas que deben de haber sido muy lindas, cuyos habitantes no pudieron resistir las embestidas de decisiones políticas erradas, injustas y agresivas. Se tuvieron que ir, dejando su morada, que queda como testimonio de su presencia en el lugar y de lo que puede suceder cuando los que gobiernan lo hacen con insensibilidad social y desmedidos anhelos de enriquecimiento personal. Es necesario aclararar que ningún gobernante posterior al que decidió aniquilar la extensa red ferroviaria argentina, se dignó a repararla. Es más, a nadie parece interesarle repararlo en la actualidad, ni en el futuro. Las casas son generosas, amplias, fuertes, sólidas, capaces de resistir la falta de cuidado por ausencia definitiva y no deseada de sus propietarios. Hay fotos, en este blog, que ejemplifican lo que acabo de describir.

La iglesia de San Carlos Borromeo, la única que hay en el pueblo, está construida con los mismos elementos que usaron para edificar las casas que describí: ladrillos cocidos. Es muy pintoresca. Ayer, lunes, estaba cerrada. No sé si se debe a que sólo va el cura a dar misa los domingos o es porque los días de semana que son feriados permanece cerrada. Nos hubiese agradado conocerla por dentro. Fue hecha a principios del siglo XX.





El pueblo tiene luz eléctrica y asfalto, debido a los buenos oficios del panadero del pueblo, un español llamado Aniceto Gutiérrez. En su homenaje, la calle de acceso al pueblo lleva su nombre.
Hay una escuela de enseñanza secundaria, ubicada en un edificio que debe tener más de cien años. El estilo de la construcción es el mismo que se utilizó para las casas y la iglesia. La única diferencia es que está pintada de blanco, probablemente con cal y agua. Paredes descascaradas, enmohecidas las que miran al sur, dejan un interrogante en el que visita el pueblo: ¿Seguirá cumpliendo sus funciones educativas o será un testimonio más de la diáspora?



Fachada de la escuela.



La Biblioteca Popular "La Casa del Correo", se encuentra donde antes funcionaba la oficina de correos y cuenta con unos 8.000 libros.



Otra perspectiva de la Biblioteca Popular.


Un poco de historia La historia del pueblo Carlos Keen es rara, tan rara como la historia del Dr. Carlos Keen. Éste fue un señor que no hizo absolutamente nada por el pueblo que lleva su nombre. Es más, ni siquiera se enteró de que en nombre de él se había fundado un pueblo, porque ya estaba muerto cuando se fundó. La única razón por la que el pueblo lleva su nombre es porque la estación del ferrocarril está en los que fueron sus campos. Campos que ni siquiera supo que había heredado, pues ya había muerto. El lector se preguntará ¿cómo es esta historia, entonces? Carlos Keen era el hijo menor de un inmigrante inglés, Don George Keen, y de su esposa, Doña Eloísa Vargas de Keen. Tenía un hermano, llamado Jorge Eduardo. Nacido en Las Flores, en el año 1840, vivió sólo 34 años. Falleció en 1874, víctima de la fiebre amarilla. Bien, Las Flores queda muy lejos de Luján, de modo que es razonable que, habiendo vivido tan poco tiempo y habiendo participado en la gerra del Paraguay, lo que le quitó tiempo para sí, no conociera los campos que iba a heredar post-mortem, campos que su padre repartió entre sus descendientes, uno Jorge Eduardo, y el otro, Carlos, ya muerto. El único mérito que se le puede reconocer al Dr. Carlos Keen, abogado y periodista, es haber sido el afortunado heredero post-mortem de numerosos campos, uno de los cuales está ubicado en el trayecto del ferrocarril que iba desde Luján hasta Pergamino y sólo por ese motivo decidieron ponerle su nombre a la Estación, en torno de la cual se fue construyendo el pueblo.



Advertencias, que hacen los habitantes, para los desprevenidos que no ven que a unos cien metros hay un badén de más de un metro de profundidad.



En los pueblos que visitamos, nunca faltan hermosos gatitos como este.



Este amiguito, gordito, muy limpito y hermoso, no quería más que saber si se le ofrecía comida. Es un cachorrito de no más de dos meses y medio. Según una integrante del grupo, era un machito. Creo que Jorge Luis Borges escribió "Dios creó al gato, para que el hombre pueda acariciar al tigre"

sábado, 17 de julio de 2010

Villa Flandria

Dónde queda y cómo llegar.



Queda a unos 75 km al oeste de la Capital Federal. A quienes salen de la ciudad de Buenos Aires, les sugiero ir por Av. Figueroa Alcorta hasta La Pampa, cruzar el puente, ir por Av. Intendente Cantilo hasta General Paz, seguir hasta el Acceso Oeste e ir por ese acceso hasta donde se transforma en ruta 7. A pocos kilómetros está el desvío, a la izquierda, para entrar en Cortines. Aconsejo llegar a Villa Flandria entrando por Cortines, ya que es más fácil llegar a destino y el camino es agradable.



Villa Flandria está dentro del partido de Luján.

Hay una dificultad para comprender por qué Villa Flandria se llama así y no, como en épocas pasadas, Jáuregui. La explicación es sencilla, y es la que sigue: José María Jáuregui es una localidad y estación ferroviaria del Ferrocarril Sarmiento, ubicada en el partido de Luján, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Villa Flandria, está muy cerca de la estación Jáuregui y fue fundada por Don Julio Steverlynck. En los tiempos de auge de la Algodonera Flandria, que fue una gran fuente de trabajo del partido de Luján y alrededores, el nombre Villa Flandria absorbió, sin sustituirlo, al de Jáuregui. Al quebrar la algodonera, resurgió el nombre José María Jáuregui. Durante un tiempo fue inevitable que ambos nombres se utilizaran para referirse al, casi, mismo pueblo. Jáuregui y Villa Flandria se encuentran divididas por el Rio Lujan. Hoy, tiende a denominarse Jauregui a Villa Flandria Sur y Pueblo Nuevo a Villa Flandria Norte.

En realidad, nadie se puede perder, en las cercanías, si pregunta dónde queda Villa Flandria. Para la gente del lugar, Villa Flandria sigue siendo una consecuencia del tremendo empuje que le dio a toda la población y a la región la Algodonera fundada por Don Julio Steverlynck. A ese gran progreso los pobladores no lo olvidan y están muy orgullosos de vivir en su pequeño gran pueblo.

Después de estos comentarios, vamos a adentrarnos en las crónicas de la visita a ese pueblo, muy bien educado, de la provincia de Buenos Aires.

El 17 de julio de 2010, fuimos a Villa Flandria y tuvimos una experiencia inédita, sumamente agradable y totalmente vivificante. Decía un viejo profesor que los muros de prejuicios son más difíciles de derribar que los muros de ladrillos y cemento. Es cierto. Yo estaba atrapado por un muro prejucioso consistente en creer que jamás los empleados están conformes con sus empleadores, que entre ellos sólo es posible el conflicto, que los empleadores son los suficientemente egoístas como para ganarse la antipatía y el odio de los empleados, que los empleadores son lo suficientemente inhumanos, como para no pensar más que en enriquecerse hasta el hartazgo, sin darle al prójimo nada más que unas migajas de dinero para que puedan sobrevivir. Creía que los monumentos que se erigían en honor de los fundadores de un pueblo, sólo eran manifestaciones vacías de contenido. Daba por sentado que, sinceramente, nadie sentía gratitud ni piedad por su empleador. Todos esos prejuicios se me derrumbaron, como se cae un castillo de naipes, el 17 de julio a la tarde. Visitando Villa Flandria, todos los pobladores con los que hablé no hicieron otra cosa que confirmarme que, de verdad, sentían gratitud por el fundador de su pueblo, y empleador de casi todos los que lo habitaban.

Don Julio Steverlynck fundó Villa Flandria e hizo tanto por los habitantes de su pueblo, que aún hoy, muchos años después de su muerte, la gente del lugar lo recuerda con cariño y con respeto. A él y a su esposa, Doña María Alicia Gonnet de Steverlynck, a ambos, les están profundamente agradecidos.

Ustedes se estarán preguntando qué hizo ese señor para que la gente le esté tan reconocida. Les respondo: fundó el pueblo; se ocupó de instalar una industria textil próspera que, en su mejor momento de productividad y ventas, les dio trabajo a unas tres mil personas; fundó escuelas que se ocuparon de instruir a todos los habitantes del lugar; se ocupó de los aspectos recreativos de los pobladores y fundó clubes para diferentes actividades deportivas; procuró que todos tuvieran acceso a la salud pues pagando buenos sueldos es más fácil cuidar la salud y las dolencias ; trató de que no faltara un templo para el ejercicio de la fe católica. ¿Es poco? Me parece que no. Pero hay más. Lo cuento debajo de la fotografía del monumento que le erigió Villa Flandria en homenaje de él y de su esposa.

Don Julio Steverlynck, en consecuencia, vino de Europa, más precisamente de Bélgica; fundó un pueblo; organizó una industria textil que les dio a sus habitantes la posibilidad de trabajar para ganarse el pan de cada día, y procuro darles facilidades, pagando sueldos decentes, para que construyeran sus viviendas dignas; se propuso brindar educación para todos; atendió el importante aspecto de la fe del pueblo; se dedicó a planificar el ocio mediante los clubes recreativos fundados; brindó acceso a la salud; trabajó a la par de sus empleados; a los jefes y gerentes de Villa Flandria les construyó hermosas casas enfrente de la fábrica textil, como para que no tuvieran que viajar para llegar a su trabajo y, por fin, como todos, un día murió físicamente, pero no ha muerto del todo, porque el pueblo lo recuerda como si aún estuviera vivo. Lo llaman, afectuosamente, Don Julio.

Es difícil encontrar un patrón tan querido por todo un pueblo. Es difícil que una persona haga tanto por sus coterráneos, como Don Julio Steverlynck. Vino de Bélgica, como he dicho antes, sus antepasados se dedicaban a la industria textil y, cuando la Argentina decidió imponer fuertes impuestos a la importación de telas provenientes del exterior, vino a fundar una sucursal de la empresa matriz aquí.

Fíjense en las explicaciones de algunas enumeraciones precedentes, en las que siempre tuvo una gran participación Don Julio Steverlinck:

1) Parroquia San Luis Gonzaga
El 24 de agosto de 1930 quedó oficialmente inaugurada la capilla bautizada con el nombre del santo italiano San Luis Gonzaga. Para su construcción resultaron fundamentales los aportes de don Julio y del estanciero Alejandro Estrugamou. El vecino Francisco Santamaría, en tanto, realizó una incansable búsqueda de donaciones para la compra de la nueva edificación. Durante esos primeros años la capilla fue atendida por religiosos de la Basílica de Luján. El 1º de noviembre de 1936 el templo fue designado parroquia y fue recibido el sacerdote Miguel Inglés.

2) Círculo Católico de Obreros
El Circuito Católico de Obreros de Villa Flandria quedó inaugurado el 2 de febrero de 1946. Con el objetivo de construirse como una mutual que auspiciara la defensa de los intereses de los trabajadores, la nueva entidad tuvo como guía de referencia la denominada doctrina social de la Iglesia, plasmada en la encíclica Rerum Novarum. La misión de los Círculos que funcionaban en distintos puntos del país, radicaba en brindar bienestar al obrero en el campo de salud y recuperar su espíritu religioso. Aquí también estuvo presente la mano de Don Julio Steverlynck.

3) Colegio e Instituto Inmaculada Concepción
En 1961, Julio Steverlynck cedió terrenos para la puesta en funcionamiento de un establecimiento educativo bautizado inicialmente como Escuela-Hogar Inmaculada Concepción. Para ese entonces, el lugar había experimentado diversas modificaciones, tanto en su fisonomía como en su funcionalidad. Conocida como “La Pebeta” a fines del siglo XIX, la casona fue adquirida por Steverlynck y cambió su nombre por el de “El Chano”. Durante los primeros años de la Algodonera Flandria, fue habilitada para la venta de telas. A pesar de las múltiples transformaciones edilicias, todavía se conserva el aljibe original y algunas de las piezas ornamentales. El nuevo establecimiento de enseñanza mixta tuvo como primera maestra a María Inés Jiménez, quién se hizo cargo de un primer curso conformado por 30 alumnos. La dirección recayó en la religiosa María Rosa Jaurena, y todo lo concerniente al manejo pedagógico y administrativo quedo en manos de la congregación de monjas “De la Provincia Azul”, grupo que quejó ese lugar en 1980 y fue ocupado por la congregación “Esclava de la Inmaculada Niña”, con religiosa oriundas de México y España. Luego fue creado el jardín de infantes y en 1970 se habilitó el ciclo Secundario.

4) Colegio San Luis Gonzaga
Las primeras clases se dictaban en un salón divido por tabiques, anexo a la Algodonera Flandria. Ese nacimiento marcaría su futuro durante décadas. Fundado el 24de marzo de 1934 por impulso de Julio Steverlynck, el Colegio San Luis Gonzaga comenzó como una típica escuela rural. El paso de los años, sin embargo, convertiría a la institución en una verdadera preparatoria para los jóvenes trabajadores de la empresa textil. Su segunda sede, igual de transitoria que la anterior, fue entonces el salón-cine Flandria, donde funcionó hasta 1937, cuando se mudó a su domicilio actual.
Grupo Scout Nº1 “San Luis Gonzaga” de Jáuregui: El 19 de julio de 1951 quedó formalmente construida la Agrupación Scout “San Luis Gonzaga”. La semilla la había sembrado meses antes el maestro Godofredo Chávez, y brotó rápidamente en un grupo de alumnos que por entonces cursaba tercer grado en el Colegio “San Luis Gonzaga”. De esa forma nacía la tropa scout, y fue un paso superador en la organización de campamentos que por entonces ya hacia la escuela.

5) Club Náutico “El Timón”
El Club Náutico “El Timón” quedo inaugurado oficialmente el 5 de marzo de 1939. En terrenos cedidos por Julio Steverlynck, se levanto una estructura de hierro y chapa que sirvió para alojar las primeras embarcaciones. El crecimiento del Club fue paralelo al de Algodonera Flandria. Mientras ampliaba su capacidad edilicia, la institución crecía en número de socios, que en esa primera década eran exclusivamente vecinos de Jáuregui. Para acceder a sus servicios se pagaba una cuota de 1 peso en el caso de los hombres, y de 50 centavos para las mujeres. En 1947, el Club Náutico “El Timón” se afilió a la Asociación de Remeros Aficionados. Un año después llegaría un debut por demás exitoso. Una delegación local logro imponerse en una competencia realizada en el Río Paraná, a la altura de la ciudad de San Nicolás.

6) Club Social y deportivo Flandria
El Club Social y Deportivo Flandria está íntimamente ligado a la vida de la Algodonera Flandria. De hecho, antes de adoptar el apodo de “los Canarios”, se lo conocía simplemente como “El Equipo de la Fábrica”. Nació, creció y continúa siendo una institución básicamente dedicada al fútbol. Por sus colores, historia y algunas hazañas deportivas que atesora, en el pueblo despierta una autentica pasión que pasa de generación en generación. La fecha fundacional data del domingo 9 de febrero de 1941, cuando un grupo de vecinos se reunió en el salón Rerum Novarum para dar vida a una nueva entidad. Sin embargo, hacía varios años que la idea venia tomando forma entre los amantes de la redonda.

7) Rerum Novarum
La banda “Rerum Novarum” nació con 38 obreros de la Algodonera Flandria a los que Julio Steverlynck unió a través de la música. El debut, después de algunos ensayos en el galpón de la fábrica, quedó registrado el 25 de mayo de 1937. ese día acompañó con marchas el lento caminar de una procesión callejera. Figuran, entre sus primeras autoridades, Julio Steverlynck como presidente honorario, Eduardo Swinnen como presidente, Víctor del grosso como secretario y Pablo Kinderman como maestro.

8) Carrera de autitos a piolín
Desde hace 30 años -15 en forma consecutiva-, el último domingo de septiembre o el primero de octubre, en Jáuregui tiene lugar un acontecimiento único: la carrera de autitos a piolín. Se trata de un evento que reúne a la familia para conjugar lo lúdico con lo social, y en cierta manera, también lo deportivo, aunque no se trate de una competencia en el estricto sentido que encierra este término.

9) Círculo Criollo Martín Fierro
En 1954 Arnoldo Daniele ingresó a trabajar en Algodonera Flandria. Desde entonces su vida giró en torno de su familia, de esa fábrica y de su gran pasión: el tradicionalismo. Su vinculación con el Círculo Criollo “Martín Fierro” data de 1965, el mismo día que llegaron a Flandria los reyes de Bélgica, Balduino y Fabiola, junto con el presidente Arturo Illia y su esposa. Arnoldo se vistió de gaucho, ayudó a servir el asado a los ilustres visitantes, y desde esa fecha, durante dos décadas formó parte de la institución.

¿Qué más se le puede pedir a una persona como Don Julio Steverlynck? Creo que ahora está esclarecido el por qué lo recuerdan en Villa Flandria con admiración y respeto.



Plaza "Virgen Niña" en Villa Flandria o más precisamente en Pueblo Nuevo, es decir, al norte del río Luján.



Otra perspectiva de la plaza "Virgen Niña" de Villa Flandria.



Monumento erigido por el pueblo, en Plaza Flandria, en homenaje a Don Julio Steverlynck y a su esposa, Doña María Alicia Gonnet de Steverlynck.



Detalle del monumento a Don Julio Steverlynck, en el que figuran su fecha de nacimiento (4 de octubre de 1895) y de defunción (28 de noviembre de 1975)

Biografía de Don Julio Steverlynck

Don Julio Steverlynck (Jules Steverlynck, tal era su nombre de cuna, en el idioma de origen) nació en Courtrai, Bélgica el 4 de octubre de 1895. Fue un notable empresario argentino que en 1926 fundó la empresa textil Algodonera Flandria. Se destacó, entre otras cosas, por haber introducido en la Argentina los avances que ya se producían en Europa en el área de la seguridad social. Sus empleados tenían: vacaciones pagas, aguinaldo y premios por producción.

Algodonera Flandria
La firma Stablissements Steverlynck (Establecimientos Steverlynck) fue fundada en Bélgica, en 1880, por Adolf Steverlynck. A comienzos de la década de 1920, la empresa exportaba telas hacia la Argentina desde sus fábricas de Bélgica. En 1923, el gobierno argentino da el primer impulso de lo que hoy conocemos como industrialización sustitutiva, cuya consecuencia fue el arancelamiento de los tejidos importados y el favorecimiento de la introducción de maquinarias. Fue entonces cuando la empresa belga decide abrir una filial en nuestro país. Como era habitual por aquellos días, los Steverlynck eligieron a uno de sus hijos, Jules, para que se ocupara de esa ardua tarea. En 1924 Julio Steverlynck, junto con su socio argentino Braceras, fundan en la localidad bonaerense de Valentín Alsina, partido de Lanús, la empresa Algodonera Sudamericana Flandria S.A.

En 1928, Don Julio Steverlynck decide trasladar la fábrica al pequeño pueblo rural de Jáuregui, donde había comprado un molino a orillas del Río Luján.

La empresa se expandió rápidamente: en 1938 se añade una tintorería y en 1939 una hilandería de algodón. En 1941, Don Juilio Steverlynck funda Lineras Bonaerenses S.A., empresa dedicada a los tejidos de lino y en 1947 funda Fabril Lineras S.A., que era una hilandería y fábrica textil, dedicada a hacer tejidos de fibras naturales mezcladas con fibras sintéticas.

Junto con la expansión de la actividad industrial, Don Julio Steverlynck funda dos pueblos en las adyacencias de las fábricas: Villa Flandria Sur (1931) y Villa Flandria Norte (1934).

En 1937, Don Julio Steverlynck, organiza una banda de música para el pueblo a la que llamó Rerum Novarum.

El 5 de noviembre de 1965, Don Julio Steverlynck fue el anfitrión del rey Balduino de Bélgica y de su esposa la reina Fabiola Mora y Aragón, como así también del presidente argentino Arturo Umberto Illia, a quienes recibió en el pueblo de Jáuregui.

El final de la algodonera
En 1975, Don Julio Steverlynck muere y, en 1989, la firma entra en convocatoria de acreedores, para cerrar definitivamente en 1995. El grupo empresarial que fundara Adolf Steverlynck en 1880 y al que perteneciera Algodonera Flandria, continúa en el mercado como una empresa transnacional llamada Hose Solutions Inc.

En 2001 las instalaciones abandonadas de la algodonera fundada por Don Julio Steverlynck fueron compradas por la empresa Algoselan y fueron reconvertidas en el Parque Industrial Villa Flandria en donde funcionan ocho nuevas fábricas.



Esta fotografía no necesita explicación, está todo escrito y bien visible.



Al lado de la placa recordatoria de Don Julio Steverlynck, que está en el monumento, se encuentra la de su esposa, Doña María Alicia Gonnet de Steverlynck.



En el monumento de Plaza Flandria, en uno de sus lados, se encuentra esta placa que recuerda la encíclica Rerum Novarum.



En primer plano, el nombre de la plaza y en segundo plano el monumento al matrimonio Steverlynck.



Puerta de entrada de la casa y campo de la familia Steverlynck.



Entrada, de la casa de la familia fundadora del pueblo.



Casa de los caseros de la familia.



Enfrente de Santa Elena, se está construyendo un hermoso barrio, con chalets, con ladrillos a la vista y techos con tejas de color pizarra, como la que se ve en la foto.



Desde la entrada a Santa Elena, hasta donde llega la arboleda de la derecha, se extiende una de las mitades del frente del campo de la familia Steverlynck.



Parque y casa de la familia.



Vista parcial de la casa de los Steverlynck.



Otra vista parcial de la misma casa.



Vista de la entrada principal de la casa.



Desde el frente de la casa, se ve este hermosísimo parque arbolado.



Capilla de la familia.



Puerta de entrada a la capilla.



Caballerizas.



Pavo real, atravesando con prisa el camino, dentro del parque de la familia.



En esta fotografía, del parque de los Steverlynck, si la cámara con la que saqué la foto tuviera más poder de resolución, se podrían ver los ciervos de los que son dueños los actuales hijos.



Naranjos, al costado de un caminito interno del gran parque aledaño a la casa de la familia.



Loros que hacían un gran barullo y que nos llamaron, por eso, la atención. No pudimos hacer menos que sacarles una fotografía, pero no por ello se calmaron, continuaron con su diálogo a los gritos.



Puentecito de entrada al Caminito de la Flandria.



Arboleda y arroyo del Caminito de la Flandria, silencioso y atrapante. Una vez iniciada la marcha, no es fácil dejar de transitarlo, hasta llegar al final.



Fotografía parecida a la anterior. Tanta vegetación, tanto silencio, tanto espacio, resultan francamente seductores.



Vista del arroyito, desde un puente que, muy probablemente, mandó a construir Don Julio Steverlynck.



Vista del río Luján, escondiéndose entre los árboles.



Con cierta dificultad, se puede apreciar el río Luján, zigzagueando entre los árboles.



Puente que hizo construir Don Julio Steverlynck, sobre el río Luján. Al final del mismo, se entra en el club El Timón, también obra de Don Julio.



Este es el actual Parque Industrial Villa Flandria. Aquí, antes de que quebrara la algodonera fundada por Don Julio, funcionaba su empresa modelo. En ella se hilaba algodón, lino, y otras fibras vegetales. Se hacían las telas en telares industriales. Se teñían y luego salían de la fábrica listas para la venta. Todo ese hermoso sueño que logró Don Julio junto con su pueblo, se desmoronó por las torpes políticas económicas a las que nos tiene acostumbrados la Argentina. Apreciando todo esto, hecho por un hombre con decisión, ilusiones y esperanzas, ¿no podrán inspirarse en ello nuestros gobernantes para imitar actitudes tan constructivas?



El Caminito de la Flandria, de regreso. A la izquierda, el campo de Don Julio.



Otra vista, desde la entrada, del Parque Industrial Villa Flandria, donde actualmente funcionan muchas empresas. Estos terrenos eran de Don Julio y fueron cedidos por él para construir el emporio textil que llegó a tener. Basta un poco de imaginación para darse cuenta de la magnitud que tuvo la empresa textil de ese auténtico patriarca.



Para poder entrar en el Parque Industrial, es necesario pasar por este puesto de vigilancia, donde procuran proteger las instalaciones.



Cartel del Parque Industrial en el que se ve, a la izquierda y arriba, un edificio que es el museo donde están los telares que se usaron cuando Don Julio vivía. Creo que hay personas interesadas en reparar esas máquinas para volver a utilizarlas.