¡Bienvenidos!

Imágenes, anécdotas y un poco de historia para elegir un pueblo donde ir
Mostrando entradas con la etiqueta pueblos de la provincia de buenos aires. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pueblos de la provincia de buenos aires. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de septiembre de 2010

Solís - Azcuénaga

Solís y Azcuénaga son dos pueblos de la provincia de Buenos Aires, separados entre sí por sólo 8 kilómetros de distancia. Es aconsejable transitar por la ruta de tierra que los separa cuando no ha llovido.




Cómo llegar desde la Capital Federal a Solís




Camino Solís-Azcuénaga


Solís


Solís es pequeño y pintoresco; está situado a 102 kilómetros de la Capital Federal. Accedimos a él yendo por Av. del Libertador, La Pampa, Av. Cantilo, Gral. Paz, Ruta Panamericana, Ruta 8 y, después de 1 o 2 cuadras del cruce con la ruta 193, donde hay una estación de servicios, semidestruída y casi inservible, doblando a la derecha por un camino de tierra en buen estado. Más arriba, en el mapa, se puede apreciar el recorrido que acabo de describir. Se tarda en llegar una hora y 45 minutos, aproximadamente.




Estamos en la casa de doña MH, más precisamente en el gallinero. Es interesante esta foto porque en ella se encuentra todo lo que, habitualmente, se encuentra en una casa en el campo: el gallinero que es el lugar donde estamos; la dueña de la casa que se dedica a los quehaceres domésticos; dos perras enormes y bravas, que cuidan a sus amos con la fidelidad incondicional de los perros; a la izquierda de doña MH está la huerta, con árboles frutales; a la derecha de la señora se ve la casa donde vive y trabaja, cuando tiene tiempo, para afuera. Así suelen ser, habitualmente, las casas en las zonas rurales de la provincia de Buenos Aires.

Es muy interesante escuchar con atención los saberes de personas como doña MH. Son saberes que nosotros ignoramos, provienen de transmisiones de boca en boca, de la observación de los acontecimientos y de la adecuada asociación con otros fenómenos concomitantes. Hay otros saberes que ni la señora misma podría asegurar cómo los aprendió. A todos nos sucede.

Sabemos que los gallos cantan cuando aclara. A veces cantan cuando anochece. Ignorábamos que lo hacen a la medianoche cuando, a la mañana del día por venir, habrá niebla o neblina. Nos lo contó doña MH.

Nos llamó la atención que nos dijera que para ir a ascuéniga, en vez de Azcuénaga, teníamos que ir por ese u otro lugar. En otro momento dijo que una gallina estaba culeca, en lugar de clueca. Son formas locales de referirse a los mismos significantes. Utilizando esas palabras se reconocen entre sí los habitantes de un pueblo. De esa manera nacieron los dialectos en los países europeos. Quizá los ejemplos más fáciles de comprender son los de Italia y Alemania, donde puede llegar a ser imposible entender el italiano o el alemán que hablan los habitantes de diferentes pueblos. Así es, impacta darse cuenta de que nuestro campo es un ejemplo que nos permite vivenciar las diferencias entre los pueblos de la que nos habla la antropología cultural.

Cada pueblo tiene su identidad que lo hace reconocible y que les permite a sus habitantes saber quién no pertenece al lugar. Es una buena forma de defensa ante la presencia de forasteros potencialmente dañinos. En general, en todos lados, de los forasteros se desconfía, hasta que demuestren que se puede confiar en ellos. Hay pruebas que, pasadas las cuales, uno se hace acreedor de la confianza de ellos, que no la regalan porque, justamente, la confianza es algo que no se negocia, se da por mérito y se quita por desmérito.

A la hermosa experiencia de viajar, ver paisajes, regresar con el ánimo renovado como consecuencia de esas hermosas vivencias, se agrega la constatación de que los habitantes de nuestros campos nos enseñan qué es la cultura, qué es la antropología cultural aplicada y es así como regresamos con todo lo mencionado más la riqueza de nuevos conocimientos adquiridos. Conocimientos que nos son ofrecidos en bandeja por nuestros generosos hombres y mujeres de campo.

Doña MH vio algo en mi brazo que le llamó la atención. Me preguntó algo que no estaba ni siquiera contemplado por mis cabildeos al respecto. Después de ello me quedé pensando si no tendría razón. Así nos enseñan, así aprendemos, asociando con representaciones mentales con las que nunca nos hubiéramos puesto en contacto si no fuera por la ayuda que nos proporcionaron esas gentes con culturas diferentes a la nuestra.

La misma señora MH, dotada naturalmente de una capacidad de observación notable, nos dio un claro ejemplo de cómo funciona, protegiéndolos, el código de señales culturales lingüísticas y comportamentales. Apenas entramos, nos dijo: "Ninguno de ustedes se puso una bombacha de gaucho en su vida". Era cierto. Luego expresó la cantidad de señales lingüísticas que nosotros emitimos sin darnos cuenta, que le permiten a ella asegurar que no somos del lugar. Quedamos sorprendidos al tomar consciencia de que sólo con una pregunta breve, desnudábamos nuestra condición de extraños frente a ella. Sólo preguntando: "¿Dónde queda Azcuénaga?" ella se da cuenta de que no somos del lugar. Para ella Azcuénaga es ascuéniga y, probablemente, tampoco usan la forma "dónde queda" para obtener la respuesta. Otro ejemplo de la capacidad de observación de doña MH: "Aquel debe estar con frío, por eso se puso al sol", era absolutamente cierto. Recién llegábamos; uno de nosotros dijo que el viento le producía frío y que se iba al lugar soleado para calentarse un poco. La intuición inmediata y veraz de las cosas es patrimonio de nuestra gente de campo que suele pasar muchas horas hablando consigo misma. Alguien escribió: "Quien habla solo espera hablar con Dios un día". Creo que la gente de campo, por fuerza, está acostumbrada a dialogar consigo misma.

Me llamó mucho la atención que doña MH se refiriera al silencio del campo como el auténtico silencio. Para mí, su casa, era tan silenciosa como un templo, sin embargo ella aclaró que ahí se oían ruidos de camiones que pasaban cargados por la ruta, de lo cual ni me había percatado. Después aclaró que desde los once meses de vida hasta los treinta años de edad, ella había vivido en el medio del campo, campo. Ahí me di cuenta de lo que quería decir con el auténtico silencio.

Confirmamos nuestra sospecha de que los habitantes de un pueblo, se resisten a aceptar los cambios que provienen de otro ámbito cultural, con lo cual no estoy diciendo nada novedoso. ¿Acaso no se resistieron, hasta donde pudieron, Francia, España e Inglaterra a la dominación romana? Como consecuencia de esa resistencia nosotros hablamos en español. Claro, un español diferente al de España por la resistencia que opusieron los habitantes de nuestra América precolombina al dominio español. Es que cuando dos culturas se ponen en contacto, el intercambio es inevitable, por más que se trate de esquivarlo. Así, nosotros vimos que en la casa de doña MH había una aceptación de algunos avances tecnológicos, pero no de todos. Se trata de un intento de preservación de los propios valores culturales, a los que se ha llegado a lo largo de toda una vida.

Vimos que se había aceptado a la electricidad domiciliaria, a las máquinas de coser con motor eléctrico, al teléfono, pero no vimos teléfonos inalámbricos ni máquinas de coser sofisticadas. La asimilación de la cultura de afuera lleva siglos, a veces, incluso muchas veces quedan vestigios de la cultura anterior que, celosamente, son guardados como secretos que se transmiten solamente a los elegidos. Recuerdo los medicamentos que utilizaban los incas, obtenidos de plantas, que hoy son buscadas afanosamente por investigadores de diversas disciplinas científicas como botánicos, médicos, bioquímicos, farmacólogos, antropólogos y un guía, originario del lugar, sin el cual no podrían encontrar absolutamente nada. En la actualidad utilizamos un edulcorante encontrado en la selva del Amazonas, por casualidad, ya que uno de los expedicionarios recibió en su boca una gota que cayó desde un árbol, con un intenso sabor dulce. Estoy refiriéndome al Sucaryl con sucralosa.

Si supieran todo lo que nos enseñan, los campesinos nos cobrarían por hablar con ellos. Parece un chiste, pero ¿un habitante de la ciudad no se tentaría de sacar un beneficio económico de todos esos valiosos conocimientos originados hace cientos de años? Los porteños desarrollaron la viveza criolla, famosa y repudiable, mediante la cual tratan de sacar ventajas deslealmente de la necesidad e inocencia de quienes vienen del interior a buscar trabajo en Buenos Aires. Cuando mi padre vino desde una lejana ciudad del interior en busca de trabajo, un porteño malintencionado y de baja estofa, intentó venderle un buzón, cuando recién había bajado del tren, en la estación Constitución. Para quienes no saben a qué me refiero, aclaro que un buzón era un cilindro hueco, de 1 metro y medio de altura, ubicado habitualmente en las esquinas, donde gratuitamente se depositaban las piezas postales franqueadas, que en algún momento eran retiradas por el cartero, quien las transportaba hasta la Oficina de Correos más cercana. El que quiso estafar a mi padre le dijo que ese buzón era de él y que se lo vendía por no sé cuántos pesos, y que a partir del momento en que se efectivizara el pago, mi padre podría cobrar por cada carta que se depositara en él. Este es un ejemplo de la repugnante viveza criolla de los porteños, que no es viveza sino estafa y tampoco es criolla sino porteña.




En el gallinero de doña MH


Solís pertenece al municipio de San Andrés de Giles, pueblo que se encuentra a unos 12 kilómetros. Tiene unos 800 habitantes. Comenzó siendo una estación del ferrocarril Central Argentino, del ramal Victoria-Pergamino, llamada Solís e inaugurada el 16 de julio de 1894. Las tierras sobre las que se construyó la estación eran del general Julio Argentino Roca. Poco después se estableció en el lugar un infaltable Almacén de Ramos Generales, propiedad de un aragonés llamado Francisco Gurría. Este señor se entrevistó con el general Roca para que le vendiera tierras en el lugar. Durante esa entrevista surgió, en Roca, la idea de donar las tierras para que se fundara un pueblo en torno de la estación del ferrocarril.

Roca donó las tierras y los ladrillos necesarios para que se construyera y fundara la Escuela Nº 8, en 1906. Poco a poco se fueron vendiendo terrenos y así nació el pueblo.

En el lugar está el Club Social y Deportivo Solís, fundado en 1921, cuyo primer presidente fue el Jefe de la Estación, don José Brignolo. Después de él, otros fueron presidiendo la institución, que se destacó en la práctica del fútbol.

En Solís también hay un Jardín de Infantes, el Nº 904.

Había una sola estación de servicios que, actualmente, está casi destruida e inservible.




Capilla Nuestra Señora de Lourdes. Solís



Azcuénaga


Fundado el 1 de julio de 1880, fecha en la que se inauguró la estación del Ferrocarril del Oeste, más tarde Ferrocarril General Bartolomé Mitre. Ese día llegó, para la inauguración, el primer convoy, tirado por una máquina a vapor, que había salido desde la Estación del Parque ubicada donde actualmente está el Teatro Colón. Este ramal ferroviario unía Luján con Pergamino.

Tiene, aproximadamente, 400 habitantes.

A 8 kilómetros de este pueblo se encuentra la Hacienda Posta de Figueroa, donde se reunieron personajes de nuestra historia como Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga, Estanislao López, Juan Lavalle, José María Paz.




Primer mural latinoamericano




Viejo cartel indicador de la estación Azcuénaga del ferrocarril




Fotografía panorámica de la estación Azcuénaga en la que se observan: el tanque de agua que se utilizaba para llenar los depósitos de las viejas locomotoras a vapor; un pequeño galpón; las palancas para que, mediante maniobras, las locomotoras pudieran realizar el cambio de vías necesario; el edificio de la estación y los lejanos restos del antiguo andén, actualmente obsoleto.




Fachada del edificio principal de la estación. El edificio original de la estación era una sencilla casa de madera, reemplazada luego por el que se ve en la foto, de dos pisos, con techo de estructura piramidal, cubierto con tejas francesas. El segundo piso le servía de vivienda al Jefe de Estación, que solía ser una persona respetada del pueblo.
Poco después de la inauguración, la estación fue centro de acciones militares, específicamente, la Revolución de 1880 también llamada Revolución de Tejedor.




Palancas para mover las vías y poder realizar los cambios necesarios.




Uno de mis hijos moviendo las oxidadas palancas para realizar cambio de vías.




Con este molino, hoy totalmente inútil, se extraía agua del subsuelo para llenar, mediante un caño casi paralelo al piso, que se ve en la foto, el tanque de agua al que antes nos referimos. De ese tanque, pasaba a los depósitos de las locomotoras a vapor.




Depósito de agua de la estación, visto desde abajo.




Otra perspectiva del depósito de agua.




Depósito de agua en el que se puede ver el conducto mediante el cual se trasvasaba el agua desde el tanque de la estación hacia los depósitos de las locomotoras.




Otra perspectiva diferente del depósito de agua. Debo reconocer que saqué muchas fotografías de este tanque porque, desde pequeño, me preguntaba dónde cargaban agua las locomotoras. El haber encontrado no sólo la respuesta sino los tanques mismos, me entusiasmó tanto que no pude evitar la repetición de las fotografías, como si con ello hubiese querido atesorar el descubrimiento y la imagen. Piense el lector que la pregunta tenía 50 años sin respuesta. Cuando era muy pequeño, le preguntaba a mi padre: "¿Dónde toman agua las máquinas?" Lamentablemente, él murió sin poder mostrarme dónde tomaban agua las locomotoras.




Aquí se ve el molino detrás del depósito de agua de la estación.




Los galpones de la estación Azcuénaga.




Uno de los tantos ejemplares de chimangos que hay en nuestra pampa.




Esta calle y los viejos edificios están frente a la estación Azcuénaga.




La esquina de la casa rosada. Estas antiguas casas tienen sus encantos, ocultos en la historia que presenciaron sus paredes, testigos mudos del pasado, que sólo podríamos descubrir, apenas, si fuéramos excesivamente estudiosos, sagaces y contáramos con una gran dosis de suerte.




La esquina de la casa amarilla. Otro testigo que sólo por signos y señales nos podría enseñar una pequeña parte de aquello de lo que fue sigiloso y prudente espectador




Restaurante de campo típico, en el que nos proveímos de exquisita miel casera.




Plaza y Capilla Nuestra Señora del Rosario, Azcuénaga.




Plaqueta que se encuentra dentro de la Capilla y en la que se puede leer el año en el que fue fundada y otros detalles de interés.




En el exterior de la capilla, se encuentra esta plaqueta, en la que se deja constancia de que por ese lugar pasó el Cura Brochero, en su camino hacia la provincia de Córdoba.





Dos de mis hijos, a los que les agradezco que me permitan sentir la reciprocidad de un cariño entrañable, su grata y educativa compañía, y su paciencia infinita.

martes, 17 de agosto de 2010

Carlos Keen

Carlos Keen es un pueblo que está dentro del partido de Luján, a unos 90 kilómetros de la Capital Federal, al que se puede llegar fácil y rápidamente, partiendo desde la ciudad de Buenos Aries, yendo por Av. General Paz, Acceso Oeste, Ruta 7, Salida a Carlos Keen. Se transitan 10 kilómetros y finaliza el camino de ida.





A diferencia de otros pueblos que hemos visitado, Carlos Keen no tiene una plaza principal, alrededor de la cual están la iglesia, la escuela, los comercios y las viviendas fundacionales, sino que el eje en torno del que se formó el pueblo fue la estación del ferrocarril, que se llama Carlos Keen.



Estación Carlos Keen del ramal ferroviario, hoy inexistente, que unía Luján con Pergamino.



Esta es la imagen actual de las vías férreas del antiguo ramal.



En este plano del pueblo se puede observar la importancia que siempre tuvo, para él, la estación del ferrocarril.

Justamente, Carlos Keen surgió como consecuencia de que por esos campos pasaba el ferrocarril que unía las ciudades de Luján y Pergamino. Las obras del ramal ferroviario Luján-Pergamino comenzaron en 1875.

Fue un pueblo cuyo número de habitantes llegó a los 4.000 y que, luego, como tantos otros pueblos argentinos, sufrió la diáspora de la mayoría de los habitantes. Por eso, quedan sólo unos 400, que luchan con todas sus fuerzas y su ingenio para reactivar su querida comarca. Decía de los alumnos, Don Ezequiel Martínez Estrada, que los buenos alumnos son buenos alumnos a pesar de tener malas universidades, malos profesores y malos textos. Se puede aplicar el dicho a quienes aún viven en Carlos Keen porque esos habitantes, lo siguen siendo a pesar de haber tenido malos gobernantes, que tomaron malas decisiones y que destruyeron las vías de comunicación ferroviarias y, consecuentemente, las vidas de muchos pueblos.



Antigua casa, en Carlos Keen, probablemente habitada en la actualidad.



Detrás de las vías, otra casa habitada de Carlos Keen.



Una de las tantas casas abandonadas que quedaron en el pueblo como testimonio de que hubo habitantes que se tuvieron que ir, muy a pesar de ellos mismos.



Otra casa abandonada, creo que reciclable.



Precario puente entre la calle asfaltada y la casi inexistente vereda, destinado a sortear la profunda zanja que corre transversalmente.



Interior de una casa que tuvo que ser dejada tal como estaba, en la que se puede ver que aún queda el empapelado de la pared.



A través de la puerta, se ve lo que alguna vez fue la galería de la casa.

Los habitantes de Carlos Keen persisten en su deseo de no ser desalojados. Otros, tuvieron que marcharse, a pesar de dejar con ello toda su historia y llevarse consigo toda la nostalgia, la decepción, la tristeza y la desilusión, que contiene la mochila de todo el que emigra, aunque sea al pueblo vecino. Al privarlos de un medio de comunicación económico, ecológico, seguro y rápido, como el tren, a los habitantes de Carlos Keen les dejaron pocas opciones para reactivar la economía del lugar. Pero el ingenio de quienes desean permanecer en sus tierras a pesar de todo, los llevó a ofrecer un excelente servicio gastronómico que, a precios sumamente razonables, le permite a cualquiera que vaya, comer y beber gastando muy poco dinero, mucho menos de lo que gastaría en su propia casa, si quisiera comer lo mismo.



La Casona de Carlos Keen, restaurante que utiliza las instalaciones de una casa de 1881.



Otra perspectiva de La Casona de Carlos Keen.



En Carlos Keen se ofrecen paseos en sulky, como el que se ve en la fotografía. Detrás del carruaje liviano, para un sólo caballo, hay uno de los tantos restaurantes del lugar.



Carlos Keen, Sociedad de Fomento.

Hay muchos restaurantes y todos son buenos o muy buenos. Nostros fuimos a Lo de Tito, que está un poco más lejos de la estación, pero donde nos atendieron con la usual cortesía de nuestros habitantes del interior.

Mientras almorzábamos veíamos afuera del restaurante y a pocos metros de donde estábamos: hermosos ejemplares de aves, de ovinos y caballares. Hacía muchos años que no veía gallinas tan grandes y sanas, ovejas y corderos tan bien cuidados, caballos criollos de tan buen porte y elegancia. Era un gusto ver tantos animales tan bien cuidados.

Don Tito, un hombre atento y comprensivo, enseguida nos consiguió una mesa pese a que el restaurante estaba lleno de comensales. Y no es un lugar pequeño, es grande, tiene muchas mesas, para muchos cubiertos. El menú consistía en una entrada que incluía queso, fiambres y empanadas, un segundo plato, del que se podía pedir libremente repetición de todos o de algunos cortes, basado en carnes vacunas y de cerdo a la parrilla, que se podían acompañar con ensalada y papas fritas, y por último, el postre. Postres caseros, variados y sabrosos, en los que no faltaba la crema de leche fresca.

La generosa oferta gastronómica es sólo una parte de lo que nos ofrece el heroico pueblo de Carlos Keen. Hay un museo, al aire libre, de herramientas de labranza. Es magnífico visitarlo porque más que ir a verlo, uno lo descubre y comienza a visitarlo, sin darse cuenta. Uno de nosotros, vio una herramienta inmensa, que parecía una grúa y dio el alerta. Nos acercamos y vimos otra y otra y otra herramienta, fue entonces cuando alguien dijo: "Che, ¿no será un museo esto?" Y sí, lo era. Estábamos en un museo, sin habernos percatado de ello. Libremente dimos con él y disfrutamos enormemente visitándolo. No había gente amontonada, no había apretujones. Había silencio, pero el silencio propio del campo, no el silencio impuesto por un guardián que hace que la gente cuchichee. No estoy en contra de los guardianes ni del cuchicheo, pero me gusta más la libertad. Éramos libres hasta para pensar qué era cada cosa y decir lo que a cada uno le sugería la forma. Parecía un test de Rorschach. Sí, el test de las manchas, en las que cada uno ve lo que le sugiere la misma. En vez de ser de dos dimensiones, era un Rorschach tridimensional, al aire libre y sin evaluación. Me pareció magnífico. Igualmente, siempre hay alguno que sabe más sobre herramientas de labranza y marca con más precisión qué es lo que se está viendo, pero lo hacía después de que todos habían proyectado lo que se les antojaba, sobre el objeto en cuestión. ¡Linda experiencia! Inolvidable.



Cartel que anuncia el museo de herramientas agrícolas.



















































Las anteriores son fotografías de las viejas herramientas de labranza que están en el museo.

El antiguo galpón de la estación de trenes es ahora un cine, teatro, galería de exposición de artes plásticas, específicamente pinturas y, cuando lo desean, sacan las sillas y el cine se convierte casi mágicamente en un gran salón de baile. Son dos plantas, cuidadas y limpias, en las que el cine y teatro están en la planta baja y el salón de exposiciónes pictóricas, está en el primer piso.


Planta alta del galpón de la estación, donde actualmente hay una exposición pictórica.


Detrás de mí, está el telón del cine y el escenario de lo que se transforma en teatro o en sostenimiento de un grupo musical para un baile. Enfrente, se ve parte de la planta baja, donde también hay cuadros en exposición. En la planta superior, versátil, porque se puede transformar en el pull-man del cine-teatro, actualmente hay una exposición de cuadros.

Telón del cine y escenario del teatro. Sin las sillas, es el lugar donde se baila.

En torno del edificio de la antigua y ya obsoleta estación de trenes, hay una importante feria de artesanías. Se los ve a algunos artesanos fabricando en el lugar lo que luego exponen para vender. Se encuentran cosas realmente interesantes y a precios muy accesibles. Un viejo carpintero, jubilado ya, dedica ahora su tiempo y sus maquinarias para fabricar utensilios de escritorio, de cocina, de uso doméstico en general. Me resultó grato adquirir un portalápices hecho con madera de lapacho, resto de un carro que tenía más de cien años. Lo tengo junto a mí, en el escritorio y no me canso de mirarlo y de pensar lo contento que estoy por haberlo adquirido. Me costó $15, unos 3 dólares estadounidenses. Su belleza y utilidad tienen un valor que supera ampliamente su precio. Otro del grupo, compró un hermoso perchero por una suma de dinero muy parecida. Son joyas que ofrece Carlos Keen. Hubo uno del grupo que se quedó con las ganas de comprarse un anillo de bronce, de buena factura y buen gusto, porque no encontró alguno que le quedara como "anillo al dedo".

El resto del pueblo que queda en Carlos Keen continúa resistiendo el desalojo, mediante la elaboración de dulces y embutidos. Dulce de leche y dulces de frutas, salames, salamines, que venden en tiendas destinadas exclusivamente para ello y que los días feriados se llenan de visitantes. Esos mismos productos también pueden adquirirse en la feria de artesanías que rodea a la estación.

Hay casas de fines del siglo XIX o de principios del siglo XX, hermosas, con ambientes grandes, hechas con ladrillos cocidos, lamentablemente abandonadas. Son casas que deben de haber sido muy lindas, cuyos habitantes no pudieron resistir las embestidas de decisiones políticas erradas, injustas y agresivas. Se tuvieron que ir, dejando su morada, que queda como testimonio de su presencia en el lugar y de lo que puede suceder cuando los que gobiernan lo hacen con insensibilidad social y desmedidos anhelos de enriquecimiento personal. Es necesario aclararar que ningún gobernante posterior al que decidió aniquilar la extensa red ferroviaria argentina, se dignó a repararla. Es más, a nadie parece interesarle repararlo en la actualidad, ni en el futuro. Las casas son generosas, amplias, fuertes, sólidas, capaces de resistir la falta de cuidado por ausencia definitiva y no deseada de sus propietarios. Hay fotos, en este blog, que ejemplifican lo que acabo de describir.

La iglesia de San Carlos Borromeo, la única que hay en el pueblo, está construida con los mismos elementos que usaron para edificar las casas que describí: ladrillos cocidos. Es muy pintoresca. Ayer, lunes, estaba cerrada. No sé si se debe a que sólo va el cura a dar misa los domingos o es porque los días de semana que son feriados permanece cerrada. Nos hubiese agradado conocerla por dentro. Fue hecha a principios del siglo XX.





El pueblo tiene luz eléctrica y asfalto, debido a los buenos oficios del panadero del pueblo, un español llamado Aniceto Gutiérrez. En su homenaje, la calle de acceso al pueblo lleva su nombre.
Hay una escuela de enseñanza secundaria, ubicada en un edificio que debe tener más de cien años. El estilo de la construcción es el mismo que se utilizó para las casas y la iglesia. La única diferencia es que está pintada de blanco, probablemente con cal y agua. Paredes descascaradas, enmohecidas las que miran al sur, dejan un interrogante en el que visita el pueblo: ¿Seguirá cumpliendo sus funciones educativas o será un testimonio más de la diáspora?



Fachada de la escuela.



La Biblioteca Popular "La Casa del Correo", se encuentra donde antes funcionaba la oficina de correos y cuenta con unos 8.000 libros.



Otra perspectiva de la Biblioteca Popular.


Un poco de historia La historia del pueblo Carlos Keen es rara, tan rara como la historia del Dr. Carlos Keen. Éste fue un señor que no hizo absolutamente nada por el pueblo que lleva su nombre. Es más, ni siquiera se enteró de que en nombre de él se había fundado un pueblo, porque ya estaba muerto cuando se fundó. La única razón por la que el pueblo lleva su nombre es porque la estación del ferrocarril está en los que fueron sus campos. Campos que ni siquiera supo que había heredado, pues ya había muerto. El lector se preguntará ¿cómo es esta historia, entonces? Carlos Keen era el hijo menor de un inmigrante inglés, Don George Keen, y de su esposa, Doña Eloísa Vargas de Keen. Tenía un hermano, llamado Jorge Eduardo. Nacido en Las Flores, en el año 1840, vivió sólo 34 años. Falleció en 1874, víctima de la fiebre amarilla. Bien, Las Flores queda muy lejos de Luján, de modo que es razonable que, habiendo vivido tan poco tiempo y habiendo participado en la gerra del Paraguay, lo que le quitó tiempo para sí, no conociera los campos que iba a heredar post-mortem, campos que su padre repartió entre sus descendientes, uno Jorge Eduardo, y el otro, Carlos, ya muerto. El único mérito que se le puede reconocer al Dr. Carlos Keen, abogado y periodista, es haber sido el afortunado heredero post-mortem de numerosos campos, uno de los cuales está ubicado en el trayecto del ferrocarril que iba desde Luján hasta Pergamino y sólo por ese motivo decidieron ponerle su nombre a la Estación, en torno de la cual se fue construyendo el pueblo.



Advertencias, que hacen los habitantes, para los desprevenidos que no ven que a unos cien metros hay un badén de más de un metro de profundidad.



En los pueblos que visitamos, nunca faltan hermosos gatitos como este.



Este amiguito, gordito, muy limpito y hermoso, no quería más que saber si se le ofrecía comida. Es un cachorrito de no más de dos meses y medio. Según una integrante del grupo, era un machito. Creo que Jorge Luis Borges escribió "Dios creó al gato, para que el hombre pueda acariciar al tigre"