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domingo, 20 de junio de 2010

Cortines, partido de Luján, provincia de Buenos Aires



Cortines (por ser palabra grave terminada en 's' no lleva tilde, pero por provenir del apellido Cortínez suele ponérsele la tilde) o Cortínez es un encantador pueblo del partido de Luján, provincia de Buenos Aires, que está a unos 84 kilómetros al oeste de la Ciudad de Buenos Aires. Desde ella se accede fácilmente, yendo por Av. General Paz hasta el Acceso Oeste, siguiendo por él en dirección a Luján y sin bajar a ese pueblo, continuando unos 7 kilómetros hasta el cartel que indica girar a la izquierda, se entra en Cortines. El tiempo de viaje es de, aproximadamente, una hora y quince minutos.

Fue fundado el 23 de mayo de 1888. El pueblo surgió con la llegada del "Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico" que tuvo su primer servicio el 23 de marzo de 1888. Esta red se nacionalizó en 1948, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, y pasó a ser parte de la nueva compañía estatal Ferrocarril General San Martín que, en la actualidad, presta servicio directo entre Retiro, en la Ciudad de Buenos Aires, y la zona oeste del país, llegando a Mendoza y San Juan, pasando por las provincias de Buenos Aires, Santa Fé, Córdoba y San Luis. El paso del ferrocarril impulsó la edificación de la estación de Cortines, en terrenos cedidos por Domingo Amestoy, con el fin de transportar los cereales y la leche producidos en la zona. El paso del tren, con una estación y trabajo por realizar, estimuló la llegada de pobladores a la zona, que hoy en día son aproximadamente unos 1.500.

Actualmente el ramal que pertenece a la empresa privada Ferrobaires, presta servicio para los pasajeros, sin tener parada programada en la estación de Cortines, salvo que el conductor del convoy aviste pasajeros en la estación o que alguno que esté viajando solicite que el tren se detenga para poder bajar.



A la izquierda, al fondo, se ve la estación de Cortines, que como dijéramos, tanto tiene que ver con la existencia de este hermoso y apacible pueblo.



Contraluz, del paso a nivel de las vías del ferrocarril, en Cortines. Por ese paso a nivel cruza el ómnibus que llega al pueblo.

Transitan trenes de carga, en ambos sentidos, de la empresa América Latina Logística, sin detenerse en Cortines.

La localidad de Cortínez fue nominada de esa manera en homenaje a Segundo Santiago Cortínez, conocido como Santiago Cortínez, un notable jurisconsulto y excelente economista, que nació en San Juan en 1831 y murió en Buenos Aires en 1886. Fue Juez, Diputado Nacional y colaboró en las presidencias de Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca.



En cualquier época del año resulta atractivo visitar este pequeño pueblo bonaerense, pero ofrece especialmente en otoño, un cálido matiz de colores de los frondosos árboles que coronan al Boulevard Dr. Muñiz. Sobre ambos costados del bulevar hay casas bajas, de ladrillos, con grandes ventanas y rejas, características del siglo XIX, en las que hoy se brindan servicios gastronómicos bajo la forma de “restaurantes de campo”.



También sobre este bulevar está la Escuela Nº 4, terminada el 20 de julio de 1947 y apadrinada por descendientes del Dr. Santiago Cortínez.



Vista parcial de la rotonda Malvinas Argentinas.
Sobre la calle de ingreso al Boulevard (a la izquierda en la foto) está ubicada la Iglesia del Santo Cristo, patrono del lugar, la cual se fundó el 6 de septiembre de 1964 conjuntamente con la Sala de Primeros Auxilios. Y en ese mismo año se instalaron las Hermanas Hijas de la Misericordia de la Tercera Orden de San Francisco, que actualmente es Noviciado y Casa para Ancianos. A la izquierda y detrás de mí, que estoy sacando la foto, está el bulevar.

La actividad económica de este pueblo, durante el siglo XIX, fue la producción de cereales y leche pero, a partir de mediados del siglo pasado se produce un importante desarrollo en la zona debido a la industria textil. En particular, en Cortínez, en diciembre de 1947 inicia sus actividades la fábrica “Fabril Linera” (propiedad de Don Julio Steverlinck) y una Hilandería de fibras de lino y estopa. En la actualidad quedan únicamente telares particulares.

En el año 1974 se instala una planta industrial de cerámicos, Cerámica Cortines, ubicada sobre la Ruta Nacional 7.

A comienzos del año 2000, la empresa de gaseosas Pritty S.A. instaló en la localidad una planta de envasado.



Viejo almacén de ramos generales, sobre el Boulevard Dr. Muñiz. Nótense la antigüedad y resistencia de las puertas de madera, los ladrillos a la vista, probablemente de la época de la fundación de pueblo, y las rejas de hierro forjado hechas por un herrero.



En el medio de la fotografía se puede ver un viejo frontón para la práctica de la pelota a paleta, deporte practicado con enorme frecuencia en casi todos los pueblos del interior de la provincia. Las pelotitas negras de duro caucho, reemplazaron a las de cuero, con las que aún se juega a la pelota vasca. La pelota a paleta es un juego de origen vasco que, debido a la fuerte corriente inmigratoria de la vascongada, se transformó en un juego argentinizado, de amplísima popularidad. Las paletas Guastavino, que desconozco si se siguen fabricando, reemplazaron a las manos, con las que se jugaba pelota a mano, una variante de la pelota a paleta. Llegar a tener una Guastavino no era una cosa menor. Constituía todo un logro, sobre todo si estaba reforzada transversalmente con los característicos cilindros largos de hierro, que iban por dentro de la madera, de borde a borde, para evitar que se rompieran. Porque se rompían, aunque parezca una exageración. Tal es la violencia del juego.

Consideraciones especiales sobre el juego de la pelota a paleta.

El juego de "pelota a paleta" o "paleta" es una modalidad del juego de pelota vasca que hace referencia a dos especialidades diferentes: la "paleta-goma" y la "paleta-cuero". El segundo término de cada una de las dos expresiones hace referencia al material de la pelota. La paleta-goma, a su vez, se divide en dos modalidades: paleta con pelota de goma maciza y paleta con pelota de goma neumática. A esta última se le llama paleta argentina. El juego paleta con pelota de goma maciza emplea una pala de una sola pieza, de madera de haya, con un peso que oscila entre los 520 y 600 gramos. La pelota utilizada habitualmente pesa entre 65 y 67 gramos. Los frontones donde se juega suelen tener una longitud de 30 a 45 metros. Esta modalidad se practica sobre todo en España (Navarra, Comunidad Autónoma Vasca y La Rioja) y en el sur de Francia. No existen competiciones internacionales.

El juego de paleta con pelota de goma neumática es una forma de la pelota vasca originada en la Argentina, a comienzos del siglo XX, de práctica generalizada. Se caracteriza por utilizar una pala de madera llamada paleta, con forma de paleta vacuna, debido a que originalmente se utilizó como pala la paleta proveniente del vacuno.

Su invención se le atribuye unánimemente en la Argentina a Gabriel Martirén, el Sardina, un inmigrante de origen vasco francés, radicado inicialmente en Burzaco, donde instaló un tambo lechero y dio origen a la pelota a paleta en 1905, para mudarse luego a Diego de Alvear, provincia de Santa Fe. Martirén instaló "canchas" o frontones donde se practicó la pelota paleta con amplia difusión entre los gauchos que trabajaban en la lechería. Durante varios años en la Argentina se disputó la Copa Gabriel Martirén de pelota paleta, en memoria de quien es considerado su inventor.

En Irún se le ha atribuido la invención a Francisco Marticorena, un inmigrante de origen vasco, oriundo de Irún, quien se radicó en Buenos Aires, donde habría dado origen a la paleta en 1915.

Un familiar mío, lejano, llamado Basilio Balda, que murió hace muchos años, fue campeón argentino de pelota a paleta, allá por la década del '50.

Este interesante juego sirvió, como otros tantos deportes, para que los pelotaris (así se denomina a los jugadores de este deporte) tuvieran acceso a la comida, en épocas duras de la Argentina. Contaba mi padre que él se valió, en el sur de la provincia de Buenos Aires, de su habilidad y destreza en la pelota a paleta para ganarse el sustento, cuando no había trabajo. El viejo, a quien recuerdo con mucho cariño, muchas veces tenía que jugar con una mano atada a la paleta, porque si le pegaba con cualesquiera de las dos no tenía rival que le pudiera ganar. Inclusive, jugando con paleta, muchas veces sólo le permitían utilizar el revés de zurda, porque sólo así le ganaban, solamente de vez en cuando.

Afortunadamente, he visto jugar a mi viejo, a Basilio Balda y a dos de mis tíos maternos, partidos emocionantes, en el patio de la casa de uno de ellos, sin paleta y con la durísima pelotita negra. Con ello evitaban el temible paletazo de este juego, que más de una vez causó fracturas de cráneo, cuando durante el fragor del juego, le pegaban con la paleta en la cabeza a un adversario. Otros traumatismos óseos y musculares de diversos tipos y gravedad se podían producir durante los partidos. El viejo y los otros jugaban a mano limpia; era pelota a mano. Yo era muy pequeño y sólo recuerdo que, después de cada partido, quería imitarlos y me dolía tanto la mano cuando le pegaba a la pelotita, que desistía rápidamente de mi noble intento. ¡Cómo se emocionaban! ¡Cómo gritaban: "Deje, deje, es mía"! ¡Cómo disfrutaban sanamente! Qué generosa que fue la vida conmigo al permitirme ver tanto con tan poco. No jugaban ni por plata ni por el aperitivo, lo hacían por el placer de jugar. ¡Qué emocionante recuerdo! Ninguno de ellos imaginó nunca que sus tardes de domingo iban a aparecer escritas por mí. Es lo menos que puedo hacer para agradecerles lo mucho que me han dado.



Sobre el bulevar Dr. Muñiz, se encuentra esta antigua pulpería, llamada Tessone, que hoy es un restaurante que ofrece carnes asadas a la parrilla.



A la derecha de la rotonda Malvinas Argentinas, y sobre el bulevar, se encuentra este monumento realizado en homenaje a madres y jóvenes militantes de 1973. Ignoro los detalles por los que se merecieron el homenaje, pero no puedo pasar por alto la importancia que tiene que haber tenido para los habitantes de Cortines, dado que es el único monumento que he visto en el pueblo. En la foto que está abajo, se puede leer lo que dice la pequeña placa de mármol que se ve en esta foto.



Placa de mármol del monumento antes citado.



Detrás de mí, que estoy sacando la foto, se encuentran las vías del ferrocarril, a mi derecha y atrás, el paso a nivel. Este es el final del bulevar Dr. Muñiz, que debe tener unas cuatro cuadras de longitud, pero que atesora la riqueza de la historia de un pueblo, porque a su vera y cerca de la estación del ferrocarril, se fue habitando Cortines. Me motivó tomar esta fotografía el hermoso ejemplar de pino que se ve en primer plano. Sano, fuerte, añoso, de unos 40 metros de altura, sostenido por sus fuertes y profundas raíces, como los habitantes de este magnífico pueblo. A la derecha de la gran conífera, se encuentra el restaurante donde recalamos para disfrutar de la hospitalidad de sus dueños y empleados, y de su exquisita comida.



Fachada del restaurante Obayca, generoso en dimensiones, como sus dueños y personal en amabilidad.



Una foto más detallada del frente del restaurante Obayca.


Vista parcial del interior de Obayca. Ladrillos a la vista, de lo que pudo ser en el pasado un galpón de almacenaje de granos, hoy convertido en un espléndido lugar donde el sol que entra por sus ventanas, justamente puestas en su lugar, la decoración que no hace más que reconfortar totalmente al viajante, la ausencia de un tránsito automotor alienante que deja espacio para el diálogo y la saludable costumbre de pensar, y luego la exquisita comida, transforman este predio en un lugar preciado.
Los techos son de ladrillos cocidos, colocados tan cerca uno del otro que se tocan por los cuatro costados, sostenidos por fuertes vigas y travesaños, vistos desde adentro, claro.



Video en el que se ve lo que sucede, cuando aún es temprano para un almuerzo dominguero y la hora en la que comienzan a llegar aquellos que reservaron una mesa. La música que se escucha durante la película, es fruto de la inspiración que me produjo el haberla escuchado antes en Obayca.

sábado, 10 de abril de 2010

De Buenos Aires, Capital Federal, a Entre Ríos.

Desde Buenos Aires, nuestra Capital Federal, hasta el pueblo de Ceibas, en la provincia de Entre Ríos, hay una distancia de aproximadamente 250 kilómetros.

La provincia de Entre Ríos pertenece, junto con las de Corrientes y Misiones, a nuestra mesopotamia. Las tres están rodeadas por ríos. A grandes rasgos, al este de ellas, está el río Uruguay, y al oeste el río Paraná, que nace en el Brasil. Ambos son de aguas que arrastran mucho limo pero que, cerca de su desembocadura, son mansas y navegables. Las desembocaduras de los ríos Paraná y Uruguay forman el Río de la Plata, que es el más ancho del mundo.

Entre Ríos está muy favorecida por la cantidad de agua que la rodea y por el clima que, hasta ahora, está teniendo, para que las explotaciones agrícolas, ganaderas y, poco menos, la industria pesquera, sean las principales fuentes de ingresos de la provincia, debido a las exportaciones y el consumo interno.

Por la ruta que transitamos para llegar hasta Ceibas, suelen pasar gran cantidad de camiones de carga, que llevan nuestros productos agrícolas a Brasil. Son principalmente frutas del valle del Río Negro.


Una historia de adolescentes

Hace cuarenta años, emprendimos una excursión de pesca con un amigo, al Brazo Largo del Río Paraná. Íbamos en un Renault Dauphine, como el que se ve en la foto que está abajo de este párrafo, que tenía unos cuantos años y estaba bastante necesitado de la ayuda de un mecánico. Era color crema, no rojo como el de la fotografía y, por supuesto, no estaba cuidado ni mantenido como el Dauphine que encontré, transitando por la calle, por casualidad, hoy cuando salía de mi departamento.




Era entrada la noche y estaba lloviendo torrencialmente, la visibilidad era escasa. Los limpiaparabrisas no eran nuevos y no cumplían su función adecuadamente. La luces del auto no eran halógenas, precisamente, y se veía muy poco. Mi amigo dice que el motivo que él tenía para hacer el viaje era ir. Yo quería ir a pescar para comer pescado fresquito, recién sacado del río.

El primer contratiempo lo tuvimos cuando, insesperadamente, encontramos que la ruta, o lo que pensábamos que era la ruta, se había iluminado a giorno. No era la ruta, era la acerera Dálmine-Siderca, una fábrica inmensa en la que los obreros que salían de ese turno, nos miraban como a bichos raros. Con gran amabilidad, uno de ellos, al preguntarles cómo llegar a Entre Ríos, nos sugirió que primero saliéramos de la fábrica y luego retomáramos la ruta 9. Fue un piccolo svaglio.

El segundo contratiempo, del que nadie aún sabe nada, lo tuvimos cuando, teniendo que sacar de la gaveta un mapa para saber por dónde andábamos, nos dimos cuenta de que teníamos sólo un juego de llaves y que, dado que llovía torrencialmente y transitábamos por camino de tierra, no nos convenía detener la marcha. A uno de los dos se nos ocurrió la brillante idea de sacar la llave de arranque del motor, estando el auto en marcha, abrir la gaveta, sacar el mapa, colocar la llave de nuevo y continuar. No contábamos con que el volante del auto, ante un giro lateral, quedaría indefectiblemente bloqueado y, si hubiésemos necesitado hacerlo, por una curva, un auto detenido o cualquier otro motivo, no estaría escribiendo esto ahora.

El tercer sustito lo tuvimos cuando, sabiendo que teníamos que embarcar en una balsa, porque en aquellos tiempos el río se sorteaba en balsa, arreciando la lluvia con más fuerza que nunca, vimos un charco delante de nosotros, que se iba profundizando. No era un charco. Era el Brazo Largo del Paraná, donde mansamente, nos estábamos metiendo, para no flotar, claro, porque el noble Renault no flotaba. Veíamos la balsa, pero no nos dimos cuenta de que estaba levantando la plancha, por fortuna, no tanto como para que no fuéramos el último vehículo en embarcar, después de un viejísimo colectivo.

Tuvimos algunos otros inconvenientes, claro.

Llevábamos una sartén de la época de la inundación, con unos cuantos agujeros en la base. Aún no me explico ¿para qué llevábamos aceite? Pero algo nos decía que debíamos ser previsores. No llevábamos fósforos, ni encendedor porque no fumábamos, había llovido, no teníamos carbón, la leña del lugar estaba empapada, así que si no iniciábamos la moda de comer sushi... Tampoco llevábamos carnada para pescar. Cañas y líneas sí, por supuesto.

Nos sentimos salvados, cuando al llegar al Brazo Largo a la madrugada, vimos un almacén de ramos generales. Son depósitos de mercaderías diversas que le pueden vender a uno desde un repuesto para el auto hasta una latita de azafrán español. Pero el que nosotros encontramos no era tan completo. Había algunos parroquianos que estaban apurando los últimos tragos de ginebra que, cuando preguntamos si vendían carnada, no sabían si los borrachos eran ellos o nosotros. El dueño nos dijo que lo único que nos podía ofrecer eran dos sandwiches de jamón y queso. Nos parecía que esa carnada no nos iba a servir, pero al menos iba a morigerar el hambre que ya a esas horas sentíamos nosotros. Algo le íbamos a dejar a los peces...

Suponiendo que, en Brazo Largo, íbamos a poder comprar agua mineral, o soda al menos, nos topamos con que, en el almacén de ramos generales, no había ni gaseosas para vender.

Estos recuerdos que transmito encontrarán eco en algunos y en otros producirán repulsión, pero yo les puedo asegurar que escribirlos me hace muy bien. Me recuerda esa época de la vida en que uno se siente omnipotente, omnisciente y omnipresente, y no es nada de todo eso, sin embargo no se da cuenta y la vida continúa sin que sepamos muy bien por qué. En realidad, mucho no ayudamos a la Divinidad o a la naturaleza, para salir sanos de esas situaciones, pero las sorteamos. Será verdad lo del Ángel de la Guarda, como decía mi hijo cuando era muy pequeño...

Después de la lluvia, la calma chicha. Había mosquitos como para dejar anémicos a dos o tres millones de personas, pero éramos dos nomás. Salió el sol y no había nube alguna a la vista, comenzó a hacer calor, se acercaba el mediodía y los sándwiches no nos habían servido como carnada, de modo que no contábamos ni con una triste mojarrita medio trasnochada para poner en los anzuelos. La sed iba en aumento, no había nada para tomar. En el baúl del Renault encontramos, entre el crique y la goma de auxilio, una salvadora cajita de vino de la que no recuerdo ni siquiera la marca. Hambre, más sed por la deshidratación, provocada por el alcohol, sueño, cansancio y desaliento. Igual, nada podía contra nuestro optimismo.

Alrededor de las 12:30 del mediodía, vino un baquiano, conocedor del arte de la pesca en el lugar. Traía una cañita, una red y estuvo quince minutos, sacó dos hermosos pescados y se fue a su casa para comerlos con su esposa. Para sentirnos más humillados, recibimos la carnada que nos regaló y que había obtenido en la orillita, con suma facilidad. Eran pescaditos que a los que nosotros pretendíamos atrapar, les encantaban. Como nosotros habíamos estado tirando la línea directamente al canal por donde pasan los barcos de gran calado, habíamos roto todas las que habíamos llevado, menos una.

Extenuados y un poco mareados por el vino, nos quedamos dormidos en el modestísimo muelle para pescar que había en el lugar y que van a poder ver en las fotografías. Consecuencia: quemadura solar de segundo grado y picaduras de mosquitos por doquier.

No sé si transmito con claridad que no me estoy quejando por lo que vivimos. Volvería a vivir la situación tal como se dio. Se darán cuenta de que fue una experiencia inolvidable, de la que aún hoy nos reímos con mi amigo, cada vez que la recordamos.

Realmente, volvimos felices. Puede resultar inexplicable que dos personas se sientan felices después de tantas desventuras, pero ¿quién nos quita lo bailado?


Plantas acuáticas en la orilla del Brazo Largo del río Paraná, después de haber pasado el puente Zárate-Brazo Largo.





Plantas acuáticas y algas, en el Brazo Largo del Paraná.





Aquí se puede observar el muelle donde hace cuarenta años intentamos vivir de la pesca. Hoy, hay en el lugar un camping bastante modesto pero agradable por el paisaje. Árboles, vegetación, río, cielo diáfano, sol en exceso. No se puede ser tan desagradecido como para menospreciar el lugar por la falta de lujo que hay.





Sauces llorones y río. Bellezas que, gratuitamente, podemos disfrutar tantas veces como queramos. No conozco el nombre científico del sauce llorón, pero obviamente se los denomina llorones porque sus hojas están decaídas, como si estuvieran tristes y lamentándose.





Otra fotografía en la que se ve el río y los sauces llorones. Estos paisajes son un auténtico regalo para los ojos.





Sauces llorones a orillas del río.





Curioso crecimiento de un sauce, cuyo tronco se insertó horizontalmente, en la barranca del río. La fuerza de la vida, a veces nos asombra. Este árbol superó las dificultades para crecer y se transformó en un hermoso árbol probablemente centenario.




Agua, vegetación, belleza natural. ¿Qué más podemos pedir?




Brazo Largo, sauces llorones, plantas acuáticas y asombro.





Brazo Largo y muelle desde donde pretendimos pescar tanto como para llenar el baúl del Renault.




Sauces, vegetación casi selvática, agua. Las palabras se repiten, las imágenes se parecen.




Así de desoladas son las rutas de Ceibas, cuando no hay tránsito de camiones. Esto ocurre los sábados y los domingos, y está destinado a disminuir la cantidad de muertes en las rutas por exceso de vehículos.






Vegetación abundante y ciénaga.




Ciénaga en Ceibas, Entre Ríos




Vaca preñada comiendo, muy tranquila, a la vera del camino.





Hermoso ejemplar de vaca, muy entretenida, alimentándose.